Adriana Ventura es una poeta y ensayista mexicana, autora de Geografía Negra (2012), La rueca de Gabrielle (2014), Elogio a las rain boots que no tengo (2015) Café Bausch (2015) y Boceto de una vida sin casa (2018). En este último, aborda, desde la poesía, la idea de la casa y el territorio, las implicaciones de aquello que se habita y desde dónde se habita, de la ciudad con sus refugios y sus violencias. Cursó la licenciatura en la Universidad Autónoma de Guerrero, una especialidad en la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco y la maestría en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su obra ha sido premiada en múltiples ocasiones, entre las que destacan el Premio Estatal de Poesía Joven en 2014 y 2015 por poesía y ensayo, el segundo lugar en el Premio Nacional de Cuento Mujeres en Vida 2015; el segundo lugar en el Torneo de Poesía Adversario en el Cuadrilátero 2012; el Premio al Mérito Juvenil de Guerrero 2014 y el Premio al Bando Alarconiano 2015. Fue becaria del FONCA entre 2015 y 2016. Actualmente reside en la Ciudad de México, y en los últimos meses ha colaborado con el espacio Pensar lo doméstico con los dos ciclos del taller “Taller casa y literatura”.

Andrea Ortiz: ¿Cómo surge la idea del Taller casa y literatura?

AV: Pues surge porque yo escribí un libro en 2016 sobre no tener casa. Bueno, en realidad no planeé, surgió porque por todo un año pasé por una búsqueda de departamentos, y entonces fui armando un cuadernito de notas –de requisitos, de direcciones, de horarios de visita y así–, y entonces un día vi que ya tenía bastante y empecé a escribir poemas, y a la par empecé a investigar, a buscar lecturas y ya, mandé el libro a un concurso, ganó, lo publicaron y todo, pero yo me quedé con la sensación de que quería compartir mis hallazgos, mis lecturas. De pronto, cuando se daba la oportunidad de que platicáramos con otras mujeres, con hombres también, me daba cuenta de que había una preocupación común que compartíamos. Entonces pensé que tal vez si creaba el espacio, se daría esta conversación, este intercambio; lo pensé entonces como un espacio para compartir. Me guíe un poco también por la idea que tiene Liliana Heker, que tiene un ensayo sobre la escritura y habla sobre por qué tendríamos que hacer talleres, y justamente menciona esto de compartir, de intercambiar intereses comunes con un grupo. Todo me indicaba que tenía que hacer un taller sobre casas, para hablar de casas, y así fue como surgió.

Elena Eguiarte: Justo ahorita me llamó la atención cómo todo surgió del asunto de no tener casa, cómo trasladas esa necesidad a la literatura. ¿Cómo funciona esa migración de necesidades?

AV: Pues creo que tiene que ver con esta idea tan bonita de que lo personal es político, porque a veces nos encontramos con una situación personal, o que en apariencia es personal –en mi caso, yo tenía la idea de que solo a mí me pasaba, que solo para mí era difícil encontrar casa, que solo yo me había mudado a tantas casas; luego conocí a Jenny, Jennifer Chávez, y me doy cuenta de que no. Pero sí, yo pensaba que era solo mi caso, y empecé a encontrar textos literarios que hablaban del asunto de las casas, de esta añoranza por una casa, como en la novela de Sandra Cisneros The House on Mango Street, incluso películas que no se abordan directamente en el taller. Había muchísimo material, descubrí a Louise Bourgeois, empecé a leer también sobre arquitectura, sobre todos los problemas sociales que ha desencadenado esta carencia, esta falta de espacio, y entonces me sentí súper acompañada: lo que yo sentía que era mi problema, hacía resonancia en otras personas. Entonces me di cuenta de que era un asunto político. Mi teoría era esa, y en las dos ediciones de mis talleres lo he comprobado, porque sí es una preocupación de las chicas que asisten, y lo que se comparte también apela a esta falta, a esta añoranza, este apego, a todo lo que se comparte en este taller.

EE: ¿Cómo dirías tú que se configuran los espacios literarios a diferencia de los físicos? ¿Cómo habitamos esos otros espacios?

AV: Yo pocas veces he dado talleres en vivo. Esto fue un derivado de la pandemia y de todo lo que ha sucedido porque en Pensar lo doméstico decidimos crear un espacio virtual, entonces yo propuse este taller. Ha sido no tan planeado, sino que ha sucedido de forma espontánea, y creo que ha respondido a esta necesidad de encontrarnos, de platicar, de intercambiar, de conversar, que es como una cosa en la que nos vimos todo el mundo coartadas de nuestras relaciones sociales.

EE: Este es un espacio que se define por este compartir. La lectura parecería más bien una actividad en solitario, ¿cómo funcionaría distinto la escritura? Al momento de escribir en el taller, ¿nos estamos compartiendo, o eres tú y la página?

AV: Pues es que creo que también tratábamos de hacer un espacio cuidado, pensando en cómo insertarlo en Pensar lo doméstico. Y es que la casa ya es de por sí el territorio de lo doméstico, y nosotras tenemos la idea de cuidar en todos los aspectos posibles. El taller está pensado primero como un espacio seguro, por eso es solo para mujeres. En la primera edición no tenía muy claro cómo iba a funcionar el tallereo en sí, y cuando terminamos me quedé pensando en que tal vez no tuvimos la retroalimentación que requiere trabajar los textos. Entonces en la segunda edición hicimos una especie de decálogo de qué es lo que queríamos, porque en algunos talleres yo me he quedado con esa sensación de orfandad, sin saber cómo lo que se decía podía ayudar en mi escritura. Entonces en la segunda edición traté de cuidar ese aspecto también para saber qué era lo que esperaban las asistentes, y me gustó el resultado porque se generaron lazos distintos entre el grupo, y sentí una mayor horizontalidad y que se empezaban a relacionar entre todas.

Eso a mí me está abriendo los horizontes en cuanto a la organización de talleres, porque en realidad los modelos que tenemos son los modelos masculinos de competencia, de agresión, de violencia, de desacreditar el texto. Yo quería precisamente generar lo contrario, y creo que por ahí voy, y al menos en la segunda edición del taller descubrí la parte en la que sí se puede cuidar el intercambio y el trabajar con los textos.

AO: En la primera edición del taller se abordaron también los cuerpos como casas; por lo menos para mí, fue una idea muy innovadora que me dejó pensando mucho. ¿Cambió algo en tu manera de ver los espacios después de dar el taller? ¿Hubo algún comentario de las participantas que te hiciera cambiar tu opinión sobre las casas y el cuerpo como casa?

AV: Sí, porque justo cuando estaba diseñando el taller, pues hay una sesión que habla sobre el cuerpo, y más bien descubrí cosas cuando estaba organizando las lecturas que tenía y las que iba a proponer, y cómo íbamos a abordar el tema de la casa. Digamos que mi tesis era “ok, no tengo casa, pero qué es la casa y qué sí tengo”; entonces el proceso ha sido como de deconstrucción de la casa, de esta idea romántica, porque ya no la pienso de la misma manera, ya cuestiono los espacios, cómo están diseñados, dónde están insertados, de qué manera atraviesan lo individual, lo social. El cuerpo también era algo que no había abordado muy bien antes, y a partir de las lecturas que hice cuando estaba organizando el taller ya también es algo que tengo presente.

Sobre lo que compartieron, sí, hay muchísimas reflexiones que me quedaron, muchísimos referentes que revisé y he leído a partir de eso. Me acuerdo de que en la primera edición, en la sesión en la que hablamos de los futuros, yo estaba bien insistente con “imaginemos, imaginemos, imaginemos”; pero claro, era desde mi experiencia, para mí era necesario imaginar porque yo no tenía, pero una de las compañeras me dijo “pero es que yo ya no quiero imaginar, ya tengo la casa de mis sueños”. Eso fue muy importante para mí, porque me di cuenta de que yo necesitaba escuchar las otras experiencias. No todas queremos imaginar una casa del futuro, no todas hemos padecido la carencia, y está bien y es importante saberlo y reconocerlo en la demás gente.

Otro de los momentos más fuertes del taller es cuando hablamos de la memoria, de las casas en las que hemos estado, y eso también fue importante porque me di cuenta de que entre mujeres hay que recordar que incluso la memoria misma puede representar un espacio, podemos habitar nuestros recuerdos. Es muy potente el ejercicio de la memoria, y cuando recordamos espacios detona cosas muy interesantes de cada una. De cada sesión extraía maneras distintas de abordar lo que yo les estaba proponiendo. Siempre surgen imágenes que a mí me parecen muy importantes y que me conmueven mucho, que me hacen reflexionar entorno a las ideas que ya tengo.

AO: ¿Qué piensas de la casa en el futuro? ¿Cómo las vamos a habitar? ¿Cómo vamos a habitar la ciudad, y cómo habitaremos nuestros cuerpos con otros cuerpos? ¿Cómo el contexto de la pandemia en el que nos encontramos afecta ese futuro y nuestras reflexiones en torno a él?

AV: Tengo muy presente el texto de Florence Thomas, que nos apela a las mujeres a redefinir la casa. Ese fue uno de los textos que encontré posterior a mi primer acercamiento al tema, y eso me reveló totalmente todo, porque mi libro sí está más concentrado en la propiedad y el espacio, tiene ideas un poco más romantizadas sobre la casa –la casa grande con jardín y todo–, y después del texto de Florence Thomas y de lo que hemos comentado sí pienso que una de las alternativas es la colectividad. Pienso en otras posibilidades, viviendas más solidarias, que convivan realmente con el medio ambiente, incluso que transgredan el diseño tradicional que tenemos, porque justo eso es lo que me gusta de Florence Thomas cuando dice que las casas siempre han sido diseñadas por miradas y experiencias masculinas. Pensemos en el estudio, un nichito escondido donde no entre el ruido, y yo pienso que las casas en el futuro pueden ser, no sé, libros desbordados por todos los espacios, que puedas leer en todas partes, con áreas verdes y zonas más para vivir y menos dormitorio. Incluso creo que ese es un término de la arquitectura: casas dormitorio, capsulitas a donde se va a recargar fuerzas donde se duerme y ya.

Tengo un poco de esperanza en que las cosas cambien, porque esto no es sano ni se está respetando la vitalidad, ni estamos viviendo en armonía. Incluso sobre la ciudad hay estudios que dicen que no es humano vivir entre concreto. Hay un documental en Netflix que habla de cómo los niños están perdiendo habilidad para caminar, porque sus piecitos no están adecuados para el concreto, necesitan el relieve de la tierra, por eso hay mayores problemas ortopédicos. Todo eso está deformando nuestros cuerpos. Pienso también en cómo nos afecta no ver la luz, no ver lo verde. Y parecía que la pandemia nos iba a hacer reflexionar sobre los espacios, pero creo que hace falta todavía, desde todos los puntos, desde la literatura, la arquitectura, la sociología, desde todas las disciplinas que se pueda abordar. Y también sobre todo desde nuestra experiencia, porque dice mucho; por eso en el taller, si bien siempre hay una lectura, no es obligatorio que la lean porque confío mucho en la experiencia y en nuestras propias opiniones.

Y creo que en el taller estamos construyendo un futuro a través de la escritura y la reflexión. Me atrevo incluso a pensar que con estos talleres estamos haciendo archivos de nuestra experiencia como mujeres, de cómo estamos viviendo las casas, de nuestras reflexiones, y eso a la larga va a funcionar como un archivo histórico.

EE: Este dossier parte también de la idea de repensar y resignificar los espacios –los públicos, los privados, los físicos, los virtuales–, pero algo que llama mucho la atención de tu taller es la palabra “casa”. ¿Qué es lo que convierte un espacio en una casa? ¿Cuándo un espacio deja de ser solo un espacio y se convierte en una casa?

AV: Creo que eso también es algo que he estado descubriendo en el taller, porque la resignificación viene a partir de preguntar qué es una casa, y luego buscar las representaciones simbólicas de la casa en sí. Una de las definiciones más simples de la casa justamente apela a la casa, dice que es “espacio donde se habita”, y yendo hacia atrás, una se pregunta “ok, pero ¿qué es habitar?”, y responderíamos “habitar es estar en un lugar”, y vuelves otra vez a lo mismo de estar en un lugar, habitar un lugar o un espacio, y qué significa habitar, y así sucesivamente. Si vamos desmenuzando cada una de las palabras, podemos ir encontrando esta significación. Porque está muy fácil encontrar definiciones en los diccionarios, pero no todo apela a cómo nosotras estamos entendiendo y existiendo en esas definiciones. Y es así como llegamos a que he habitado una serie de espacios, y el único en el que no he dejado de estar es en mí misma, entonces mi cuerpo también es una casa.

Se trata de ir desmenuzando esos conceptos que en la Academia nos enseñan a no cuestionar, entonces creo que se trata de abrir nuestros propios espacios para ir ejercitando esa deconstrucción de estos conceptos y ver qué tanto nos explican del mundo y qué tanto corresponde lo que nosotras sentimos y pensamos con lo que está ahí escrito y parece inamovible. De esa manera es como estamos realizando tal cual la resignificación, porque entonces estamos pensando en todos los espacios que habitamos, dónde nos sentimos cómodas. Y también cuestionarnos dónde nos encontramos cómodas y preguntarnos por el territorio; en el taller no hemos hablado tal cual de esta palabra, “territorio”, pero nuestra casa también es un territorio, y nuestro cuerpo, y nuestros recuerdos son un territorio nuestro. Y de pronto nos lo arrebatan y no nos damos cuenta. Es un territorio y también podemos elegir con quién habitarlo, quién va a habitar este territorio que estamos construyendo.

Imagen tomada de Racó Poetic Bellvitge.

Escrito por:paginasalmon

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