Carne viva

A pesar del calor de la luz ocre de la tarde

pienso en montañas de muertos,

cómo la tierra diligente se bebe la sangre.

 

En los cajones se queda dislocado el silencio

y se secan los rosales.

Se otorgan livianas elegías, robadas por el viento,

y las gargantas arden.

 

Bebe toda la luz que te quepa ahora

pero déjala al marcharte.

 

Está saturado en ámbar el cielo

y aunque están destilados los recuerdos

queda algo dulce en ellos.

 

¿Cómo reconcilio mi amor al mundo

con la muerte?

 

Ese constante murmullo, 

ese frío vientre,

ese partir en seco,

ese romper en llanto.

 

Llevo a cabo el simulacro.

La cara entre las llamas, en la hoguera,

dejo que duela,

obligo a mi carne a soportar.

 

Me pregunto a dónde irá mi dolor cuando muera.

 

Estiro mi cerebro elástico.

Pienso con serenidad artificial:

 

Un día cualquiera me van a quemar.

 

Los últimos limones

Salgo a comprar limones

para que otra persona me vea

y confirme mi existencia.

 

Me asomo al espejo

como ante un abismo,

no sé a quién refleja.

 

Un viento me difumina los bordes

al abrir la puerta.

 

El camino al supermercado es onírico, 

arrítmico, 

desaprendido.

 

No pulsan las calles,

no hay música risueña en los bares,

nadie que ría, nadie que baile.

 

Nadie. Nadie.

 

Muerdo el camino como una galleta insípida.

Dejo que el sabor a nada absorba mi saliva

mientras ensayo las palabras, rígidas:

 

Buenos días. Buenos días.

 

Jamás he deseado tanto ser tocada,

algo que me clave en esta realidad,

algo que sirva de ancla;

una caricia, un puñal.

 

Deambulo por el desierto

y llego al santo grial.

 

Está repleto de gente,

una reunión no concertada.

 

Nos movemos sonámbulos entre las papas,

fingiéndonos tibios ante la fría peripecia

de que somos los que quedamos.

 

La muerte deja atrás la pretensión de sutileza.

Mientras nuestros pulmones nos permitan respirar,

somos los afortunados.

 

Nos arrojamos unas miradas encharcadas

bajo la fluorescencia

y me muevo como un barco, desarraigada.

 

No siento nada. Nada.

 

Afuera cae la noche,

no hay quien la sostenga.

 

Salgo a comprar limones

para que otra persona me vea

y confirme mi existencia.

 

Me llevo los últimos que quedan.

Lo único que me toca son las frías monedas

y aunque abro los ojos cada mañana,

hace meses que no me siento despierta.

Fotografía tomada de CanalHogar

Escrito por:paginasalmon

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s