I

Aix-en-Provence, Francia. Domingo 5 de noviembre de 2023, 9 y pico de la mañana, hora local.

Estoy ya frente a la laptop que me fue prestada para esta estadía solitaria, pero antes de ponerme a trabajar reviso mi correo y un par de cosas más en internet. Eso incluye, aprovechando que el dueño de la laptop, dícese mi Padre, tiene el portal de la UNAM como página de inicio, echar una ojeada por si hay alguna novedad importante en el alma máter; si ya escogieron rector, por ejemplo. Entonces, bajo una imagen ominosa, una frase llama mi atención: Lo monstruoso podría ser lo normal.

La oración está tan cerca de lo lírico que me cuesta darme cuenta de que se trata del encabezado principal de la Gaceta UNAM. La imagen ominosa semeja, a primera vista, un agujero negro con los colores invertidos: un centro lumínico rodeado de oscuridad. Después contemplo la portada con detalle: de hecho, es una fotografía de Reuters del huracán Otis mientras arriba a las costas mexicanas, y ambas, imagen y frase, refieren a un reportaje dedicado a dicha calamidad. Más abajo se aclara: “Alerta experto universitario ante el calentamiento de los océanos”. (Gaceta: 1)

Pospongo trabajar: de inmediato abro y sondeo la versión PDF de la Gaceta. Encuentro la nota en cuestión: el experto que alerta “ante” (no “sobre”, por alguna razón) el calentamiento de los océanos es un investigador del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la Universidad, Benjamín Martínez López, quien explica a grandes rasgos cómo la tormenta tropical se transformó en un huracán de máxima intensidad (categoría 5) en un espacio de 12 horas, cosa sin precedentes conocidos, y cómo pudo ocurrir la espectacular falla en los pronósticos. Leyendo la nota, noto que en ningún momento aparece citada la frase que encabeza la Gaceta; de hecho, el entrevistado usa un tono más cauteloso: lo que dice es que todavía no se sabe si el evento va a volverse frecuente, como suele ser el diagnóstico con este tipo de fenómenos, o si fue un caso aislado (Gaceta: 6). Sin embargo, no deja de señalar que, ya que la temperatura de los océanos va en aumento y así seguirá, no es descabellado pensar que las transformaciones veloces de las tormentas tropicales resulten ser uno de los muchos síntomas del cambio climático (Ídem). No es seguro, pero tampoco tan improbable.

Quien llegue a leer esto deberá saber que la nación desde donde se escriben estas líneas tampoco está libre de eventualidades: casualmente, esta misma semana el norte del país del gallo fue sacudido por otro huracán que, aunque de muchísima menor intensidad, no entraba dentro de lo que esa región considera normal. Pero da la casualidad, también, de que hace solo un par de días salió a colación en mis clases un neologismo acuñado a últimas fechas: écoanxieté, “ecoansiedad”. Como es fácil deducir, el término se refiere a la preocupación que inunda a los actuales jóvenes (bueno saber que todavía califico como joven) ante el incierto futuro que nos depara el cambio climático. No estaría mal que esa palabra se extendiera a nuestra lengua. Aunque, honestamente, yo no padezco de eco-ansiedad, sino de eco-pánico. Un eco-pánico que me asalta cada vez que intento pensar en mi carrera o mi futuro en general: si me atrevo a fantasear respecto a un plazo más largo que un par de años, mi mente se oscurece recordando que el porvenir se presenta cada vez más inhóspito. Por eso me resulta tan fascinantemente atinado el título del número de la Gaceta, aunque por lo visto haya sido una licencia de alguien en el equipo editorial. Un premio para ese alguien. Lo monstruoso podría ser lo normal

II

Continuación, 7-8 de noviembre.

La frase, si uno se fija bien, es de hecho un oxímoron: lo monstruoso es, por definición, anormal.

¿Qué es exactamente lo “monstruoso”? Generalmente, términos como este son más inexactos de lo que aparentan. Tomándome la osada libertad de aventurar una definición propia antes de recurrir a las autoridades correspondientes, diría que lo monstruoso es lo que percibimos como una deformación aterradora de algo familiar.

Porque la palabra monstruo siempre ha tenido implicaciones relativas al miedo: no puede tratarse de una deformidad meramente exagerada, que puede incluso invocar la risa, en cuyo caso se llama caricatura; no es tampoco una deformidad grotesca, pues lo grotesco también puede evocar risa, así como asco, repulsión, indignación, o simplemente desconcierto. En cambio, con monstruo la asociación automática es con lo atemorizante o amenazante. El miedo es uno de nuestros sentimientos más básicos, y su función es hacernos evitar el peligro: es detonado por el peligro en sí, la probabilidad del peligro, o incluso la potencialidad del peligro. Así, en cuanto algo nos parece monstruoso, por definición estamos presintiendo, en el fondo, alguna peligrosidad, sea real o no. Y tómese en cuenta que el miedo viene en distintas escalas: incluye sentirse intimidado, nervioso, ansioso

Al mismo tiempo, todo lo monstruoso tiene en su base, paradójicamente, una similitud con algo conocido. Eso es evidente cuando nos ponemos a pensar en aquellos entes que solemos llamar “monstruos” o “monstruosidades”, ya sean personajes u objetos. Lo que destaca en ellos es su anormalidad, pero para que algo se pueda calificar de a-normal, es decir apartado de la norma, debe existir antes la norma de la cual se aparta. Lo anormal nos parece tal porque esperamos el cumplimiento de una norma.

Pero ya fueron suficientes hipótesis: es hora de consultar la evidencia. El primer paso suele ser el diccionario “oficial”, el de la RAE. Su versión en línea propone siete definiciones posibles para “monstruo”, cuatro para “monstruoso” y tres para “monstruosidad”. Para no transcribirlas todas, voy a limitarme a parafrasear las características que se repiten y destacan: desproporción respecto a lo natural o normal; exceso, especialmente en las dimensiones físicas; fealdad; y, en otros aspectos, crueldad, perversidad, deformidad moral. Me llama la atención que en las primeras opciones para “monstruo” y para “monstruosidad” se mencionen “desorden grave”, “anomalías”, “desviaciones”; también que en dos de las entradas se repita “[cosa] extraordinaria en cualquier línea”. Por supuesto, no podía faltar la interpretación más cotidiana: “Ser fantástico que causa espanto”. De manera que, según la Real Academia, no andaba tan perdido en mi definición tentativa.

En este punto suelo cambiar de diccionario e investigar qué tiene que decir Corominas sobre la etimología de la palabra. El resultado me deja con una gran sorpresa, y, honestamente, despierta muchas dudas más: invita a indagar los detalles del camino que habrá recorrido la palabra original para que su descendiente tenga el significado que tiene ahora. Sin duda, el término monstruo es digno de muchas y más profundas reflexiones, pero de momento no tengo más remedio que dejar de lado las implicaciones etimológicas. Nos quedamos, por ahora, con las acepciones actuales.

Entonces, si tomamos las definiciones de la RAE como base, monstruoso es un adjetivo más que atinado para describir lo ocurrido en Acapulco. La ciudad sin duda ha estado acostumbrada desde siempre a huracanes y tormentas de cierta intensidad. A su vez, los encargados del monitoreo de estos fenómenos elaboran sus pronósticos basándose en los estándares hasta ahora normales. Eso es lo “natural”, y es a partir de lo cual los acapulqueños han llevado su vida hasta la llegada de Otis. La acelerada transformación de este de una tormenta tropical “estándar” en un huracán de categoría 5 no pertenecía a ese orden natural: fue una anomalía, un des-orden, una a-normalidad, algo extra-ordinario; pero también, y sobre todo, fue desproporcionado: su velocidad de mutación estuvo fuera de las proporciones usuales, a las que Acapulco está habituado y para las cuales estaba preparado. En resumen, Otis fue una catástrofe salida de los precedentes, excedente respecto a lo natural… y sin duda alguna, aterradora.

Nunca me ha gustado el concepto de “normalidad”. Es un término neutral con un significado meramente estadístico, pero al que la gente suele adjudicar un valor positivo, lo cual consistentemente ha llevado a confusiones y a consecuencias sociales deplorables. De hecho, muchas veces lo normal es negativo. Pero, en tanto que término neutral con significado estadístico, es admisible reconocer que lo monstruoso y lo normal constituyen conceptos disonantes. Así que la frase “Lo monstruoso podría ser lo normal” es, en efecto, un oxímoron.

Por supuesto, uno pensaría que la idea que se quiere expresar es, con más precisión, que lo monstruoso podría convertirse en normal. Que lo que hoy parece y ayer hubiera sido una anomalía mañana podría resultar habitual; que una excepción catastrófica podría ser la nueva regla. Pero, por otro lado, ¿acaso es siempre tan clara la línea entre la posibilidad y la realidad? En todo caso, quien haya tenido el buen tino de intitular así al N° 5427 de la Gaceta UNAM está tocando la fibra de la eco-ansiedad (o el eco-pánico): la “normalidad” del futuro próximo será monstruosa respecto a todo lo que la humanidad ha vivido y se ha preparado para vivir. Y lo más grave (aunque de más está añadirlo): quizás también respecto a lo que la humanidad es capaz de sobrevivir.

III

Continuación, 10 de noviembre.

Posiblemente el autor del título quería jugar con las posibilidades del significado —en cuyo caso su categoría es aún mayor. Por un lado, está la interpretación “Lo monstruoso podría devenir normal”; por el otro, la de “Lo monstruoso podría ya haberse vuelto normal [y nosotros apenas nos estamos dando cuenta]”. Ambas interpretaciones se sitúan en lados opuestos del llamado “punto sin regreso” (“point of no return”) del cambio climático. Dicho punto es más o menos incierto: se lo ha ubicado tentativamente en el 2050 o el 2030, pero también antes del presente. En términos de eco-ansiedad, lo que se suma es la incertidumbre respecto a si ya cruzamos la línea fatal para dar marcha atrás y, eventualmente, recuperar una homeostasis planetaria.

Me temo que debo subrayar otra palabra: eventualmente. El cambio climático no tiene soluciones a corto plazo, y probablemente ni siquiera a mediano plazo. Todo lo que está pasando ahora es fruto de un proceso de longevidad multisecular, y la tocante desintoxicación no llevará poco. Incluso si mañana mágicamente dejáramos de quemar combustibles fósiles, tirar químicos a las aguas y suelos, deforestar, etcétera, etcétera (muy largos etcéteras), llevaría años para que el daño ya causado se revierta hasta un estado “natural”, donde nuestra intervención no altere negativamente todo el sistema vital de la Tierra.

IV

Continuación, 12 de noviembre.

Recurro al que, pese a tener más de treinta años de publicación, es ya para mí un libro de cabecera en este tema. En su obra de divulgación La ira de la Tierra (Our Angry Earth), publicada en 1991, Isaac Asimov y Frederick Pohl buscaron poner en las manos del pueblo llano la información ya disponible respecto al cambio climático. Tres décadas más tarde este libro no ha perdido vigencia, y no tanto por el obvio talento de sus autores como porque la situación general apenas ha cambiado, excepto en el sentido de empeorar. Alarma lo poco que se ha hecho en treinta años en contraste con lo mucho que ya se sabía entonces.

En esta obra, escrita cuando la realidad del cambio climático tenía un más o menos 50% de aceptación, Asimov y Pohl estaban conscientes de que debían enfrentar el escepticismo de sus lectores. Ante la inminente pregunta de por qué se debería de escuchar tantas advertencias apocalípticas cuando nadie puede predecir el futuro, los autores proponen la analogía de la pareja que espera un bebé y quiere saber de antemano su sexo biológico: acuden a un médico que haga la prueba correspondiente y, sin dificultades, obtienen la respuesta:

Si el laboratorio sabe lo que hace, esa predicción es muy confiable. Lo que no es, sin embargo, es una “predicción”. El infante no va a ser varón o fémina. El infante ya es lo uno o lo otro, pero ya que sigue en el vientre aún no puede verlo usted mismo.

Las “predicciones” más problemáticas en este libro son de esa clase: describen cosas que ya han comenzado a pasar, aún si la totalidad de las consecuencias no ha llegado todavía.

Sabemos muy bien algunas de las cosas que acontecerán si a estos procesos se les permite llegar a sus puntos finales. (50-51)

Otra metáfora a la que recurren:

Es una decisión difícil de tomar, pero resulta que es la misma decisión difícil con la que muchos de nosotros nos enfrentamos cuando vamos al doctor y, después de que ha hecho todas las pruebas y estudiado nuestros síntomas, nos dice que estamos más enfermos de lo que pensábamos y necesitamos una operación. (235)

En resumen, en aquel entonces ya se empezaban a “predecir” las consecuencias de los procesos de alteración del medioambiente, sencillamente porque los procesos ya estaban teniendo lugar. Como cuando, modificando el ejemplo, un médico dice “si sigue fumando le dará cáncer de pulmón”: es claro porque ya se mostraron las señales de que el fumador va en esa dirección, y porque sabiendo cómo funciona el cuerpo es posible predecir hasta cierto punto que va a ocurrir (aunque en el caso del cáncer del pulmón hay, además, antecedentes de sobra para respaldarlo).

Una curiosa serendipia: hurgando entre mis subrayados de dicho libro, encuentro referida la anécdota de otro desastre más o menos similar al de Acapulco. Se trata de Hugo, un huracán categoría 5 que golpeó el Caribe en septiembre de 1989, asolando varias costas continentales y, sobre todo, Puerto Rico:

Incluso la muerte y saldo de heridos por tormentas tales como el huracán Hugo son al menos parcialmente antropogénicos. Una razón para decir esto es que es bastante probable que un calentamiento global aumente de manera significativa el número e intensidad de los huracanes y que pueda ya haber comenzado a hacerlo —es un hecho que Hugo fue por algunas mediciones el peor huracán registrado—. (43)

Toda la fuerza y el poder destructivo de los huracanes viene directamente del calor de los océanos donde se desarrollan, y [se] ha predicho que el calentamiento global podría producir futuros huracanes hasta 25% más fuertes que los del pasado reciente. Algunos, como el huracán Hugo, son de por sí tremendamente poderosos. Nadie sabe exactamente qué tan rápido soplaron los vientos de Hugo, porque hicieron que los anemómetros salieran volando de inmediato, pero un instrumento registró más de 160 millas [aprox. 257.5 Km] por hora antes de perderse. (76)

Definitivamente, a la humanidad le gusta olvidar. ¿Por qué, si no, estamos tan sorprendidos por Otis? Como dice la frase célebre, somos un animal de costumbres: buscamos siempre la inercia. Con razón seguimos batallando para cambiar lo que pudimos haber cambiado en los años noventa, sino es que antes.

Pero lo alarmante en el caso de Otis no fue sólo la intensidad, que en realidad no alcanzó la diferencia de 25% por encima de Hugo, sino que la aceleración de su crecimiento no tuvo precedente alguno. Constantemente la realidad rebasa las predicciones. Y también sobre eso el libro citado nos pone un ejemplo histórico, de cuando se estaban confirmando las primeras pruebas sobre el daño a la capa de ozono, a inicios de los años ochenta:

Vergonzosamente, [los científicos encargados de monitorear las mediciones del satélite meteorológico Nimbus 7 para el Polo Sur] habían programado sus instrumentos para rechazar cualesquiera mediciones “imposiblemente” bajas en la capa de ozono, sin imaginar nunca que una pérdida drástica de ozono podría ser bastante posible después de todo.[1] (145)

V

Continuación, 16 de noviembre.

Pero todo eso del huracán Hugo, aunque relevante y revelador, fue un desvío del punto principal, que era señalar la posibilidad de una simultaneidad: los fenómenos climáticos monstruosos, como el acelerado crecimiento de Otis, podrían haberse convertido ya en la nueva norma, en tanto que el proceso relacionado está demasiado avanzado como para evitarlo, y como para que lo revirtamos en un futuro próximo. Si no, en el mejor de los casos, tal ramificación ya ha surgido, y podría ocurrir con mayor frecuencia en las temporadas venideras. La única otra explicación sería que se trató, en efecto, de un caso aislado, como indicó con tanta precaución el experto entrevistado por la Gaceta. Pero, a estas alturas, ¿quién tiene el optimismo?

Y eso nos regresa a la frase detonante de todas estas cavilaciones: Lo monstruoso podría ser lo normal. Ya sea porque está en camino de serlo, ya sea porque definitivamente lo será, la paradójica “predicción” está allí: estamos en el umbral de una nueva normalidad medioambiental, excedente de las proporciones de lo que hemos experimentado hasta ahora. Una deformación aterradoramente peligrosa de una realidad familiar. Una normalidad monstruosa.

Cuando hacemos cualquier uso de nuestro cuarto de baño, cuando comemos, cuando vamos a comprar los suministros de la semana, cuando salimos a tirar la basura, cuando hace calor, cuando llueve, en cada momento del día, en cada actividad minúscula y mundana, seguimos participando en los diversos procesos que conforman el gigantesco proceso de la Tierra, el cual hemos alterado notablemente. Cada momento estamos insertados en una realidad que seguimos reproduciendo, a veces sin ser verdaderamente conscientes del hecho, unos por pertenecer al clan “climato-escéptico” (otro neologismo galo que haríamos bien en adoptar), y otros más siendo incapaces de apagar esta consciencia sobre el futuro desastre.

Puede que todavía no hayamos cruzado la puerta sin regreso; puede también que aún podamos evitar cruzarla. Pero, en todo caso, podemos estar seguros de que el monstruo ya llegó y está empezando a causar los primeros de muchos estragos, e incluso si todavía estamos en posición de vencerlo, no podemos contar con lograrlo tan pronto.

Hay otra pequeña certeza que podemos tener: “Nos es imposible mejorar instantáneamente las cosas, sin importar qué hagamos. No podemos. Lo mejor que podemos lograr es evitar que empeoren indeciblemente”. (Asimov y Pohl: 344)

Referencias

Asimov, Isaac y Pohl, Frederik. (1991) Our Angry Earth. Tor. [Edición Kindle]. La traducción de todas las citas es propia.

Gaceta UNAM. (Octubre 2023) N° 5,427.


[1] Los Nimbus fueron un grupo de satélites meteorológicos estadounidenses activos en esa época.

Imagen tomada de RMetS

Rodrigo Ruiz Spitalier (Ciudad de México, México, 1994). Escritor, articulista y corrector de estilo en el Programa Universitario de Bioética de la UNAM. Estudió la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus intereses se centran en temas literarios, filosóficos e históricos. Ha escrito para el espacio Una vida examinada: reflexiones bioéticas publicado en Animal Político.
Avatar de paginasalmon
Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “¿La normalidad será monstruosa? La eco-ansiedad | Por Rodrigo Ruiz Spitalier

Deja un comentario