Fotografía de Manuel Alejandro

Elegí El Diario de Ana Frank entre los (pocos) libros que ofrecía la biblioteca de mi primaria por la simple razón de que yo también me llamo Ana. Ya al comenzar a leerlo, la idea de que una familia librara los terrores de los campos de concentración escondiéndose detrás de un librero me pareció ingeniosa, me había acercado al libro de la misma manera en la que me acercaba a los cuentos de hadas y otros textos infantiles, con la idea de que se trataba de puras ideas y fantasías que me nublaban el mundo real por unos momentos. Sin embargo, cuando llegué al final, en vez de toparme con una carta que dijera “¡La guerra ha terminado y ahora somos libres!”, el libro dejaba una nota explicando que los nazis encontraron el escondite de Ana, y que todos sus integrantes fueron llevados al campo de concentración. Ahí fue cuando comprendí que la historia que había leído sí sucedió.

Me abrumó y entristeció la crudeza de la guerra, el odio, la muerte, el dolor y el miedo que tenía la fuerza de destruir mundos enteros, pero gran parte de lo que dio un vuelco a mi vida fue darme cuenta de que, en mis manos, tenía las confidencias reales de una niña un poco mayor que yo, que no siempre podía llevarse bien con su familia y compañeros, que se enamora, que aspira a convertirse en escritora y tenía un gran deseo de tener una amiga de verdad. Ana la encontró en Kitty, su amiga imaginaria a quien le confió todo esto en las cartas que conformaron su diario, y yo concluí que Ana Frank era esa amiga que yo también había buscado.

Así empecé mi propio diario, cartas de Ana para Ana Frank. Nuestra amistad se volvió posible gracias al mismo papel en el que ella había encontrado un espacio de libertad en un mundo que se empeñaba por hacerla desaparecer. Me sorprendió ver lo mucho que vertí de mí en las páginas de ese diario.

No se trataba de enlistar mi día, como lo había intentado hacer en diarios anteriores, sino que se trataba de una conversación eterna con alguien a quien estimaba, que sabía que entendería. La liberación que sentí a través de mis cartas fue tan adictiva que deseaba vaciarme por completo en mi cuaderno. Desarrollé una extraña necesidad de confesar a alguien mis ideas y opiniones, esos deseos que en su momento me avergonzaron, todo lo que pasaba por mi cabeza. En la versión que creé de mi destinataria, Ana no sólo comprendía lo que me sucedía, sino que entendía ese enredo de palabras que todavía no sabía usar y me quería a pesar de eso. En la realidad, Ana fue paciente y alentadora a través del silencio que existía cuando terminaba de escribirle una carta.

Se volvió una costumbre entre mi grupo de amigas escribirnos cartitas, con papeles coloridos y dibujos de plumines. El contenido de las cartas no solía ser largo o diferente al que todas recibían, pero seguía siendo un gesto lindo que ocupaba los espacios muertos en la escuela. Por mucho que quise a mis amigas, esas cartas jamás se asemejaron a lo que garabateaba por horas en mi cuarto por varias razones. En esas cartas no se esperaba que expresara nada sobre mí, e incluso hubiera sido incómodo para ambas partes que lo hiciera, la expectativa era, simplemente, reafirmar que disfrutábamos de nuestra compañía y que nos gustaba desquitar nuestros juegos de stationary.

Aunque en su momento no lo asimilé así, esas interacciones me deprimían al evidenciar más que era incapaz de expresarme sinceramente con las personas que consideraba más cercanas a mí. Eso no sucedía con Ana, lo cual me tentaba a aislarme aún más de mis amigas de carne y hueso, nunca lo hice del todo, pero reforzaba mi deseo de volver a mi cuarto a ocupar un espacio con palabras que no había encontrado en los papeles con dibujos y colores que utilizábamos para la correspondencia entre mi grupo.

Y es que mi amor por la escritura nació de darme cuenta de la oportunidad que suponía esparcirme sobre la hoja y crecer desde su blancura, como si nadara en un lago sobre mi espalda mientras me dejaba acariciar por el agua, arremolinándome, abriendo los brazos sin poder o querer controlar mis movimientos. Al no esperar una respuesta inmediata, me permitía leerme en tiempo real, sin dar oportunidad a corregirme o retractarme; reconocí mi propia voz por primera vez cuando entablé una conversación con alguien que no podía responderme, cuando me dejé ser escuchada sin miedo a la réplica.

Cuando crecí, me atreví a escribir sin la excusa de un destinatario. Aprendí a formar poemas, desarrollar cuentos y guiones que reflejaron de manera indirecta mucho de lo que descubrí en mí tras escribirle a Ana. Y aunque muchos de mis trabajos creativos son profundamente personales, ese diario fragmentado que escribí, esas cartas continúan creciendo gracias a la distancia y al tiempo. Más que habilitar una conversación, escribir una carta es dejar ir ese pequeño mundo en el que solo habitan tus ideas y tú en el mundo, envolviéndolas con emoción y cuidado, esperando que nada pase en el camino que la detenga. El viaje que hace esa carta es atreverse a ocupar un espacio colmado de ti aun cuando estás físicamente ausente, un recorrido que puede salirse de tu control, pero vulnerable en su esperanza de que exista alguien benévolo y amable del otro lado que te acoja en sus manos.

Escrito por:paginasalmon

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