Me gusta considerar el peso de un espacio en blanco. La ciudad como posibilidad, el lienzo como posibilidad, la ausencia como posibilidad. El vacío, esa constante incertidumbre, deriva en la necesidad de aferrarse a algo, cualquier cosa, cercana a la certeza: la respuesta normalmente es el pasado. Es ese el tema central de los mercados de pulgas, congregaciones inmensas de gente atravesada por la idea de que todo tiempo pasado fue mejor. Al visitar esos lugares podemos encontrar una diferencia implícita en las narraciones gráficas. Entre los chunches y triques se asoman, como no queriendo, números y números viejos de cómics mexicanos. ¿Pero no es una contradicción inmensa valorar tanto el pasado y, a la vez, desconocer por completo lo proveniente de él? Hay tal abundancia de dinosaurios grises y sin ser leídos que parece la comida de fin de año de los Institutos de Investigación de la UNAM. Y como no hay nada más privilegiado que ir a las afueras de la civilización a reactivar la economía y evangelizar salvajes, estos lugares normalmente ubicados en la periferia son perfectos para esnobear a gusto y beber (eso sí, un buen whisky), en la calle. Entonces, en los puestos pululan ediciones y cosas de cuando el Fonógrafo era la radio de los chavos. Lamentablemente, los tianguis dentro de la Zona Cultural Roma-Condesa son una especie en extinción. Y precisamente así está la narrativa gráfica en México.

Podemos ir alzando las mesas y recogiendo las sillas. La fiesta se acabó desde que las empresas grandes, sólo para sobrevivir, tienen que publicar una edición especial conmemorativa de pasta dura y con reentintado cada dos meses. Y todo importado. Cada vez es más común ver que, por ejemplo, ilustradores y dibujantes con cuentas en Instagram de miles de seguidores son buscados por editoriales no tan grandes para producir un tiraje de su obra (tal vez vamos a tirar algunos nombres… tal vez). Les buscan para mantener vivas editoriales y sellos, que no pueden afirmarse por mucho tiempo más en reediciones culebras.

Imaginemos entonces un espacio en blanco, donde cada idea puede ser puesta en el estilo de cada dibujante. Imaginemos miles de espacios [todos iguales, mismas dimensiones, misma ubicación, misma iluminación y misma conservación temporal] que serán llenados cada uno con el trabajo de un artista diferente. ¿Cuál es el valor y precio del espacio, y por qué no es el mismo si, de inicio, todos están en blanco bajo condiciones iguales? La causa se expresa sola, al mínimo, en la siguiente palabra: fetichismo.

El primero de los parámetros que impacta en el valor y el precio de cada espacio es simple y sencillamente el peso de la firma. Quienquiera que lo firme le dará un valor y un precio al espacio. Esto es completamente sensato, hasta natural, del capitalismo. Digamos que un artista se preparó durante quince años en escuelas de arte. Además, lleva trabajando en la industria veinticinco años y ha participado en algunos de los éxitos de ventas más grandes de su generación. Ahora le han encargado la portada del primer número de un cómic. Digamos que, a su lado, un rookie, con los mismo 15 años de estudios, pero solamente dos años de experiencia en trabajos independientes, estará dibujando las viñetas. ¿El trabajo de la portada será abismalmente más valioso que el de las viñetas? Claro. Estamos pagando un precio muy alto por el prestigio de esa persona, pero también por todo el tiempo de preparación y aprendizaje in situ, es decir, experiencia laboral. ¿Y qué sucede cuando ese trabajo no tiene un mensaje? ¿Sería igual de valioso un garabato que un estudio? [Saludos a mis amigos de CONACULTA]

¿Entonces, cómo puede el trabajo de toda una vida terminar costando $10 en el tianguis de chácharas y, por otro lado, una sola portada subastarse en 1 millón de piedrólares? Impacto social, importancia histórica, lugar de procedencia, condiciones socioculturales del país, certeza económica, interés y trabajo del público especializado y la crítica. Todo eso influye. En México salvo Jino y Tris (sic.), el Vargas y un par más, nadie tiene el reconocimiento que se supone merecería. La crítica se ha quedado en los amiguismos, círculos privilegiados y movimientos sociales que no echan raíces (y cuando las echan se puuuuudrrren). Pero tampoco podemos hacernos pendejos, no hay crítica y no hay público especializado porque no hay un nivel suficiente de estudios como para formar una base sólida. Sería idiota asegurar lo contrario. Todas las instituciones y la crítica le pertenecen a los mismos privilegiados hijos de gente rica, esnobs desconectados de la realidad. [Sin nombres pero a Nicolás Alvarado y Ayala Blanco les han de seguir zumbando los oídos]

Por estas cosas y por su inmediatez es que el arte gráfico toma todavía más importancia. Durante poco más de un siglo su sitio ha sido constante en los medios de difusión masiva (de los diarios revolucionarios, hasta periódicos en twitter), pero el país va lento. Hasta hace algunos meses se instauró en Metro Zapata un museo gratuito y una librería especializada. Por las eventualidades de septiembre, el museo y la tienda cobraron importancia casi de inmediato, al ser el lugar de un maratón de dibujo en vivo para recaudar fondos. Eso fue este año, de antes, son contadas las acciones que han fomentado lo necesario para una crítica formal (o sea, bien hecha, no chistosadas) y una base de seguidores amplia. Hacer carrera está cabrón cuando ni tu público ni tu crítica te ponen atención. Es como ser el Partido Encuentro Social de México. Últimamente gente insufrible ha incursionado en la narrativa gráfica [amén de la panza y la barba de pendejo], pero vamos, ¿podríamos, cuando menos un día, no perpetuar y difundir esa masculinidad nociva y acatarradora que destilan los muchachos nuevos? (Ya teníamos suficiente con el libro vaquero) Les estoy hablando a ustedes, banda de policíaca y novela negra. Seamos responsables, seamos críticos, seamos humanos. Basta. Báñense y laven sus playeras de negras. Hagan un solo personaje femenino que no sea un objeto. Hagan un solo personaje masculino que no sea un pendejo que fundamenta sus pendejadas sobre una base de cultura violenta hipersexualizada a lo macho voraz. [O sea que dejen de proyectarse en sus personajes principales] Seamos responsables. Que su ropa sea negra no la hace antimugre. Pero me salí un poco del tema, volvamos.

Como un ejemplo recordemos a Todd McFarlane y el spaghetti webbing. Cuando comenzó a hacerlo (y aclaremos: no fue su idea, sino de Michael Golden) las opiniones se dividieron (como cada que hay un cambio en algo muy arraigado). Eventualmente se metió en el canon. En su momento los cómics ilustrados por McFarlane eran regulares y sin renombre. Casi 30 años después hay tres modos de dibujar a Spidey: a lo Ditko, a lo Romita o a lo McFarlane. Supongo que habrá ejemplos más actuales, pero con éste basta para llenar la idea. El prestigio de un artista se construye lento. Cada espacio vacío tiene tanto valor como la firma de quien lo ocupa y su prestigio. Fetichismo otra vez.

Ahora, el ascenso de Flavita Banana y Joan Cornellà es abrumador (aunque no tan rápido, visto en retrospectiva… bueno, el trabajo es el trabajo y toma tiempo). Sus viñetas críticas y cargadas de humor han llegado a todo el mundo con acceso a internet. Ese es el punto. Esta generación ya no necesita sentarse en las grandes salas de dibujo de los estudios Disney para hacer que su trabajo se conozca. Se cobra menos por la firma y más por el trabajo.

Vayamos a un sitio controversial. Sucede que hay migraciones, de ilustraciones, símbolos, personajes, ideas, a lo que viene: tatuajes. Uniendo los temas, los tatuajes son cada vez más aceptados como arte gráfico serio (y vaya que era hora). Instagram está lleno de tatuadores e ilustradores. Y aunque un diseño y un trabajo así tal vez nunca llegue al $$$ del número 1 de Action Comics, la pregunta es la siguiente: ¿cuándo alcanza el arte perecedero su mayor valor, su mayor precio y cuándo queda obsoleto? Eso, lamentablemente, no me corresponde a mí decirlo. Depende de un proceso de valuación por gente calificada para ello, como críticos, teóricos y mercaderes. ¿Cuál es el valor de un ser intervenido por un artista? Reduzcámoslo a: ¿cuánto costaban los pollos pintados de azul, violeta y verde? En mis tiempos, diez pesitos. ¿Estamos poniéndole precio a las personas? No tendrá el mismo valor un tatuaje hecho en el CERESO que uno hecho en Studio City Tattoo en LA ¿Llegará un momento en el cual las galerías exhiban trabajo de tatuadores? ¿Como una pasarela y una exposición? ¿O quizá que las piezas estén a la venta? [Vayan al CCU Tlatelolco, para que vean que esto no es nada nuevo] Acudiremos, algún día, a la gentrificación del cuerpo. Cánones de belleza serán infranqueables, sí, belleza y anorexia.

Muchos factores pueden preciar el blankspace; en lo personal, me parece justo el olvido de trabajos no importantes, pero muy injusto el acaparamiento de trabajos mediocres. Y mucho más allá ¿Qué tal si un día decidimos reducir una persona a la categoría de libro y tatuarle encima toda una historia? Bueno, está comprobado: no hay nada nuevo bajo el sol. Y aunque parezca descabellado, la atención debería estar sobre estos nuevos artistas del entintando, buscar un modo de explorar más la teoría ya hecha para explotarlo. Y eso es todo lo que tengo que decir sobre los espacios en blanco.

Iamgen tomada de Photoshelter

Posted by:paginasalmon

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