Todos los jueves al caer la tarde, tomo el camión rumbo a la Colonia del Valle. Busco el lugar más alto, casi hasta el frente, me agrada el aire tibio que corre por la ventana. Disfruto fijarme en los otros pasajeros, estudio su mirada, su respiración; imagino de dónde vienen, si están cansados o entusiasmados por llegar a su destino.

Al caminar por la calle hacia el consultorio, observo a los padres de familia y sus hermosos perros, a los corredores de las 5 que van hacia el parque y el café de la calle Indiana que enciende las letras amarillas de OPEN. Un bello cuadro en el que participo como una sombra, una mancha de agua que se evapora lentamente.

Concentrada en recordar cuándo fue el último día que vi a Leo, mi cabeza arma un escenario hecho de fragmentos, una retacería de gestos y palabras, que no son más que eso. La verdad es que no puedo recordarlo con exactitud. Abi dice que son “mecanismos de defensa”, ‒ ¿contra mí misma? ̶ respondo confundida.

Las tardes en ese sillón son una prórroga del dolor que ya pasó, que ya tuvo su momento, sin embargo, la terquedad de volver a ellos, de explicar los motivos y consecuencias es una rara enfermedad de la que no espero curarme. Cada vez que terminan, abrazo a Abi, le doy las gracias y agendo la cita de la próxima semana. Cuando salgo quiero parecer triunfante, camino con mi mejor postura, incluso doy las buenas tardes o noches, ¿verdad?, a algún extraño que me sonríe. Mentira. Los ojos rojos son los primeros en salir por la puerta, después un desatinado caminar acompañado de la respiración entrecortada y a veces contenida por la simulación de un suspiro, y al final, las manos, a veces temblando o sudorosas, sostienen uno o dos amables pañuelos usados en mis bolsillos. Ya sentada en el autobús de regreso, sin querer, volteo a ver el reflejo donde se une la ciudad conmigo misma, mi rostro revela el de una niña que muestra sus primeras arrugas. “Se envejece de momento a otro, súbitamente.” Leí en una novela de Mazzantini, ahora lo sé.

Abi sabe todo de mí, sabe cosas que ni mi madre, ni mi mejor amiga, ni tampoco yo misma, sé. Abi es la Juana de Arco de mis adentros, yo soy el Dios que ella interpreta y que sólo ella puede comprender. Un Dios solitario que sin su ayuda no seguiría creyéndose divino. He llegado a comprender que la única hora que realmente me pertenece es ese diminuto parteaguas en el tiempo de mi vida: los jueves a las 4 de la tarde en la Colonia del Valle. Todos los pedacitos rotos acuden a la cita, unos viajan desde muy lejos, otros van conmigo desde casa, pegados a mi ropa, otros que no quiero que vayan, que les pido que se queden, a fuerza me acompañan (mis soldados de infantería). Abi es mi camarada, es mi Sherlock Holmes junto al diván, la Sherezada que me dice cosas lindas para que yo, terrible sultán de mi memoria, no me corte la cabeza.

Imagen tomada de Frecuencia Delirante

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Escrito por:paginasalmon

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