Fotografía de Gerardo Alquicira

El año pasado, una conocida se sorprendió cuando le dije que pensaba votar por López Obrador, pese a no ser precisamente un fan suyo. Huelga decir que la persona en cuestión declara no saber nada de política, pasa la mitad de su vida en Argentina (donde están traumados por Kirchner) y tiene mucho contacto con gente de Polanco. Yo respondí con el resumen de mi razonamiento: alguien tiene que ganar las elecciones, y ese alguien no debe ser un neoliberal. Le recomendé leer Algo va mal de Toni Judt, que contiene el análisis más claro que yo conocía hasta entonces sobre el tema. Recientemente pude leer otro libro, donde el autor presenta un análisis que me parece aún más claro.

El libro es 23 Things They Don’t Tell You About Capitalism, de Ha-Joon Chang, economista sudcoreano y profesor de Cambridge. Se trata de un libro de economía, lo cual al principio podría desanimar a cualquier neófito; sin embargo, lo encontré bastante comprensible (salvo por algunos tecnicismos), después de todo, está escrito precisamente para los no expertos. El trabajo del autor fue desmentir 23 mitos, estratégicamente numerados, que suelen usar como argumentos los defensores del libre mercado. Los capítulos están titulados precisamente “Cosa 1”, “Cosa 2”, etcétera, revelando cada uno falacias, verdades a medias, o francas mentiras, que todo el tiempo nos son promulgadas. El autor, hay que aclarar, no sataniza a la derecha; sólo evidencia, con “los pelos de la burra en la mano”, como se dice comúnmente, los errores en los principios teóricos neoliberales, ateniéndose a los datos, exponiendo calmadamente sus argumentos e interpretaciones, y contrastándolos con los del otro bando sin ridiculizarlos. En resumen, no es un texto propagandístico.

No es mi intención aquí hacer un resumen capítulo por capítulo del libro, sólo dar una idea general, a modo de clásica invitación, y a la vez exponer los puntos que personalmente más relevantes me parecieron, y sobre todo algunas reflexiones que me suscitaron. No incluiré aquí los datos ni las demostraciones, que lo alargarían todo, porque para eso está el propio libro.

Pero antes, para contextualizar, un poco de Historia. El primer economista, podríamos decir, fue el escocés Adam Smith (1723-1790), quien postuló la “teoría clásica”, de la cual deriva la actual teoría neoclásica que fundamenta el neoliberalismo. Los planteamientos de Smith, según yo los resumo, son a grandes rasgos los siguientes: primero, todos los seres humanos somos egoístas y racionales; segundo, la sociedad puede confiar en el egoísmo y la racionalidad ya que estos son lo que sacan adelante a la economía: al perseguir su propio beneficio, los dueños del capital generarán empleos y riqueza, que descenderá por sí misma hacia los estratos de abajo como el agua de una fuente[1]; los trabajadores, por su parte, se esforzarán y mejorarán su eficiencia para ganar mejores salarios. Según Adam Smith, el mercado se autorregula mediante lo que él llamaba “una mano invisible”[2]. Lo que se sigue de esta idea es que no se necesita que los gobiernos intervengan para regular; de hecho, todo lo contrario: pues, así como podemos confiar en el egoísmo de los empresarios, no podemos confiar en el de los políticos, que al perseguir también su propio beneficio caen en la corrupción y la ineptitud.

En el Siglo XIX apareció el casi desconocido Karl Marx (1818-1883), máximo crítico de la economía política y del modelo capitalista. Para Marx, el egoísmo de los empresarios (la burguesía) no genera beneficios económicos para toda la sociedad, más bien es la causa de los problemas, como la pobreza y la opresión de la clase trabajadora (el proletariado). Marx postulaba que el capitalismo terminaría para ser reemplazado, como todos los sistemas económicos anteriores, y entonces debía llegar la utópica etapa final de la humanidad: el comunismo. Y el puente al comunismo iba a ser el socialismo. El marxismo intentó llevarse a la práctica en la Unión Soviética, con un socialismo totalitario en el que el Estado dominaba completamente al mercado y era el proveedor de todos los bienes y servicios. Pero como ya sabemos, el experimento soviético fue un gran fracaso.

Finalmente, hay otro economista clave, ya en el Siglo XX, del que debemos hablar: John Maynard Keynes (1883-1946). Keynes defendía el capitalismo y ciertamente no estaba de acuerdo con Marx, pero tampoco era un seguidor de la teoría clásica: decía que el mercado no se autorregula ni expurga automáticamente sus propias fallas, como ésta sostiene; por lo tanto, para funcionar, el mercado tiene que ser regulado por el Estado. El keynesianismo es la base de lo que hoy llamamos “socialdemocracia”, la postura opuesta al neoliberalismo y, entre otras cosas, fundamentó los modelos de los Estados del Bienestar (cuya implantación revivió a Europa tras la Segunda Guerra Mundial) y ha inspirado políticas usadas por varios gobiernos en momentos de crisis.

Por supuesto que las teorías de Smith, Marx y Keynes son mucho más amplias y complejas de lo que reflejo en este micro-resumen, pero esta simplificación es necesaria (o no estaría escribiendo un artículo sino otro libro… que además ya existe). Es fácil deducir que Ha-Joon Chang, el autor en cuestión, es más keynesiano que marxista, dado que no aboga por la anulación del capitalismo, sino por su control. Sin embargo, toma muy en cuenta a Marx, lo cual lo diferencia de muchos economistas neoclásicos que se han apresurado a declarar que Marx ya es irrelevante.

En 23 Things they don’t tell you about Capitalism, nuestro economista va contrastando la aparente lucidez de la teoría neoclásica con una realidad que no la apoya mucho. Comienza cada “Cosa” enunciando un argumento en pro del libre mercado (llama al apartado “Lo que te dicen”), para después desnudarlo o contradecirlo tal cual (“Lo que no te dicen”), y exponer los datos duros: son los hechos lo primero a lo que recurre el autor, no a la retórica o a una disquisición meramente moralista.

Empieza con algo contundente: la “Cosa 1” es “No hay tal cosa como el libre mercado”, o si se quiere “Ningún mercado es libre en este mundo”[3]. Pues se nos dice que el mercado debe ser siempre totalmente libre y que las regulaciones que pretenden los gobiernos de izquierda atentan contra la libertad misma de los empresarios, pero lo cierto es que nunca ha dejado de haber regulaciones: la prohibición de la esclavitud y del trabajo infantil, la instauración de un salario mínimo, las más recientes imposiciones para reducir el impacto ambiental, todas son regulaciones. Es fácil evadir el tema, dice el autor, porque ahora las damos por hecho y nos parecen algo “de sentido común”. Por otro lado, es interesante notar que todas estas regulaciones que ahora aceptamos en su momento se enfrentaron con los mismos reclamos, literalmente: “esto es socialismo”, “es un atentado contra la libertad”, “reduce productividad y competencia”. Hoy en día nadie se atrevería a cuestionar el salario mínimo o la prohibición de comerciar con seres humanos (al menos en voz alta). Así que, para mí, la lección del primer capítulo es ¿No debería la gente pensar más a profundidad las regulaciones que se le proponen? Tal vez las futuras generaciones, si las hay, las vean como “cosa de sentido común”.

El autor también retoma un tema al que ya había dedicado otro libro, llamado Kicking away the Ladder (Pateando la escalera, 2002). En resumen, demuestra que las actuales potencias económicas del mundo llegaron a ser tales por haber aplicado en su momento medidas del tipo keynesiano, y son las mismas que recientemente han tratado de forzar(nos) a los países “en vías de desarrollo” a adoptar las políticas del libre mercado. El título se refiere a que los que ya subieron “patean la escalera” para que los de abajo no suban.

El punto más socorrido del debate derecha-izquierda en la economía, la distribución del ingreso, no podía estar ausente en el libro: se plantea en la “Cosa 13: Hacer a los ricos más ricos no nos hace a los demás más ricos”. Ya sabemos que al respecto la filosofía neoliberal afirma que la desigualdad económica no es un problema mientras los capitalistas generen riqueza: “No importa que el pastel esté distribuido desigualmente, pues el sistema hará que el pastel sea más grande y los pedazos también”[4]. Pero demostrablemente eso no es lo que ha pasado; de hecho, suele ocurrir lo contrario. Las políticas de la redistribución equitativa, revela Ha-Joon Chang, son mayoritariamente las que han logrado crecimiento económico acelerado y calidad de vida generalizada, mientras que las políticas libremercadistas se las han arreglado para que el enriquecimiento de unos cause el empobrecimiento de otros. Y más aún: en el libro se argumenta que incluso cuando la riqueza sí desciende de un estrato a otro, solamente puede ocurrir si es de manera obligada.

Hay partes del libro que se pueden resumir en conjunto: los libremercadistas afirman que la política debe mantenerse alejada de la economía, pero en realidad toda la economía es política; dicen que, en este sistema, cada quien está recibiendo lo que merece (pues el que más gana es el que más trabaja y mejores ideas tiene), la igualdad de oportunidades ya es un hecho y quien no logra escalar es porque no se esforzó lo suficiente, pero las ganancias de los mismos trabajos están determinadas por varios y muy distintos factores (incluyendo políticas migratorias), los que provienen de estratos más bajos no están en igualdad de condiciones para competir con los de arriba y por lo tanto para ascender socialmente, y la gente de los países subdesarrollados es más emprendedora que la de los países ricos pero no deja de ser pobre[5]; las medidas de estabilidad que se usan para evitar la inflación no han podido prevenir, evitar ni subsanar las crisis económicas; se nos habla de un nuevo mundo post-industrial y sin planeación, de fronteras abiertas, pero cada una de estas afirmaciones es cuando menos, una exageración. Estos son algunos de los puntos principales.

Y al final, esta lectura todavía me tenía una gran sorpresa: la “Cosa 23: Una buena política económica no requiere economistas”. Una afirmación extraña viniendo de un economista, y más para mí, que siempre he insistido en que son los sabios los que deberían estar a cargo. Pero rápidamente explica su postura, dejándome perplejo. Yo crecí siendo muy cercano a los economistas de la UNAM, y asumí que en todas las universidades decentes del mundo se daría una enseñanza no sesgada de la economía: se enseña no sólo la teoría neoclásica sino también la marxista, la keynesiana y todo lo que hay de por medio. Para mi vergüenza, tuve que leer este libro para enterarme de que en la realidad pasa lo contrario: la gran mayoría de las universidades prestigiosas enseñan exclusivamente la teoría neoclásica, por lo que los expertos que salen de allí para convertirse en asesores gubernamentales abogan por el libre mercado.

Pero fuera de todos estos ejemplos específicos, en el libro en su totalidad aparece una y otra vez un cierto razonamiento desprendido tanto de los hechos analizados como de un intento de valorar la supuesta coherencia teórica del neoliberalismo: el sistema del libre mercado hace que los dueños del capital produzcan beneficios inmediatos para sí mismos, pero estos no se propagan al resto de la comunidad, incluso se sacan en perjuicio de ésta. Como ejemplo tomemos nuevamente la cuestión de la desigualdad: la postura neoliberal nos dice que si les quitamos dinero a los de arriba y les damos más garantías económicas a los de abajo, los primeros perderán el interés en generar riqueza y desarrollar mejores productos y los segundos se volverán más holgazanes[6]. Pero se ha podido comprobar que mejorar el nivel de vida de los trabajadores aumenta su productividad, a la vez que garantías como seguridad laboral y la inclusión en planeaciones de la empresa[7], por ejemplo, los incentiva a ser elementos más activos. Esto último lo considero digno de resaltarse. En el documental Where to invade next, Michael Moore investiga (entre muchas otras cosas en varios países) los beneficios laborales en Italia; uno de los empresarios a los que entrevista dice “aquí nos interesa que los trabajadores estén satisfechos”…, me parece de una lucidez indiscutible. Niños mejor alimentados y apoyados escolarmente llegan más alto[8], y gente más satisfecha con su vida (y con menos preocupaciones económicas) es más productiva.

Tomando en cuenta estos antecedentes que nos otorga Ha-Joon Chang, me surgen algunas meditaciones nuevas, mientras que se ajustan otras antiguas, sobre la pugna entre la derecha y la izquierda en el ámbito económico (dejando de lado por ahora la ideología humana); ha sido inevitable en mi vida verme envuelto en la batalla de los neoliberales, dominantes en el mundo, y una socialdemocracia que últimamente está resurgiendo pero que no ha logrado aclararse frente a una sociedad expuesta a un discurso amedrentador, cómodo y plagado de descalificaciones que confunden los prejuicios con las realidades. El funcionamiento de la economía se basa en una mezcla entre cooperación y competencia; así lo señala toda teoría desde Smith hasta Keynes (y algo parecido puede observarse incluso en el comportamiento de algunas especies animales gregarias). La socialdemocracia actual parece buscar que haya un mayor nivel de cooperación, en relación a la competencia, del que ha habido desde que en los años ochentas se popularizó en el mundo el sistema neoliberal, impulsado principalmente (tenía que ser) por los cabecillas anglosajones, EEUU e Inglaterra.

Ahora quisiera desviarme un poco. En De animales a dioses, del historiador Yuval Noah Harari, éste eventualmente aborda el lema de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad; y allí apunta que los principios de Libertad e Igualdad se contradicen: según él, mayor libertad implica menor igualdad y viceversa. Esta es quizá la parte en la que más discrepo con Harari: reduce todo al panorama económico, pero ni la libertad económica es la única libertad ni la igualdad económica la única igualdad; también están por ejemplo la libertad de pensamiento, la libertad de expresión, la libertad de culto, la libertad sexual… y la libertad como tal, es decir, la no esclavitud; y todas esas libertades han implicado un reconocimiento legal de igualdad. Pues bien, toda libertad tiene un límite: cuando interfiere con la libertad de otro: la vieja frase “Mis derechos terminan donde empiezan los de los demás” se refiere justamente a eso. Uno es libre de hacer muchas cosas, pero no lo es, por ejemplo, de esclavizar a otra persona.

Saco todo esto a colación porque el primer argumento con que se defienden los empresarios libremercadistas es que las regulaciones cuartan su libertad. Aun cuando existen ya muchas respuestas pragmáticas para este alegato (algunas expuestas en el libro aquí tratado), a mí la idea me genera, sin necesidad de intervenciones, una pregunta: ¿hasta qué punto el nivel de libertad de comercio y acumulación de riqueza que exigen los neoliberales no desemboca, por un mecanismo no previsto de abuso, bloqueo y manipulación, en una interferencia con los derechos y libertades ajenos? Es algo digno de cavilarse. Si se demuestra que la libertad excesiva que el esquema neoliberal concede a empresarios y accionistas termina atentando contra los derechos de terceros, ya no habría ningún pretexto moral para rehusarse a la idea de las regulaciones.

Creo que es pertinente volver a la base de todo: las premisas de Adam Smith. Todos somos egoístas, decía él. Pero la frase, para mí, está trunca: lo que quiso decir es que todos somos materialmente egoístas, lo cual podríamos llamar codicia o avaricia. Pues bien, podemos aceptarlo: todo el tiempo pensamos en nuestro beneficio material. Uno busca obtener lo que necesita, antes que nada, y si se puede un poco más, para poder darse algún lujo de vez en cuando. Pero creo que hay una buena brecha de allí a estar dispuesto a conseguir beneficios y lujos desmedidos a costa del empobrecimiento de otros, que es lo que se puede ver que están haciendo muchos capitalistas. Se dice que el sistema hace que la codicia nos beneficie a todos, pero la codicia de los líderes del capital ha aumentado, en la realidad, hasta lugares absurdos, y se satisface suprimiendo a los demás. Entonces ¿Qué tan práctica resultó en los hechos la codicia? Al mismo tiempo, la idea nos incita a no confiar en los políticos, pues su codicia no implica generar empleos ni riqueza, sino sólo aumentar su propio poder[9]. Pero el dinero es poder, y cuando, como efectivamente ocurre, los líderes capitalistas a los que hemos dejado enriquecerse tan desmesuradamente usan su dinero para comprar ellos poder e influencias políticas, la advertencia encierra una contradicción.

Y luego está la segunda premisa: todos somos racionales, así que los empresarios y los directivos “saben lo que hacen” y por lo tanto tomarán las mejores decisiones para todos los involucrados; los accionistas e inversores también, ya que es su dinero el que está en juego; se manejarán de la manera que más beneficie a toda la empresa, desde los directivos hasta los trabajadores.[10]

Esta asunción de lo racional ya me parece ridícula: cualquiera puede notar que los humanos no somos tan racionales, por lo menos no siempre ni de la manera que Adam Smith creía. Smith es neoclásico en más de un sentido: su confianza en la racionalidad es en sí misma racionalista, en el sentido en que se entendía el término en su época. La razón cientificista y pura que supera todo lo demás; esa era la filosofía del Siglo XVIII. Pero en el Siglo XIX se planteó la crítica: esa idea de la razón no tomaba en cuenta que la emoción y la visceralidad son igualmente determinantes en el comportamiento humano; ergo, el racionalismo como lo concebían no es tan racional. Y así como artistas y filósofos quisieron enseñarles esta lección a los científicos, Marx se la quiso enseñar a los economistas clásicos. El capitalismo es racionalista, pero justo por eso produce resultados irracionales.

Esta crítica ya no es sólo teórica: está comprobada. Se han hecho estudios[11] en los que se demuestra la similitud entre los accionistas en la Bolsa y el típico apostador compulsivo en un casino. Estos apostadores, cuando están perdiendo, en vez de hacer lo que sería más racional (retirarse con lo que conservan), tienen una reacción visceral y siguen apostando, con la idea de que van a recuperar todo y eventualmente ganar más de lo que perdieron. Y en la Bolsa de Valores (que básicamente es otro juego de apuestas) ocurre lo mismo.

Ha-Joon Chang también trata el tema, aunque de otro modo. Señala que los accionistas, aunque efectivamente tienen más dinero en juego, también tienen mayor libertad: pueden vender y comprar en instantes sin problemas; así que, cuando pasa lo peor, ellos suelen ser los menos perjudicados, aun cuando, por sus especulaciones, a todos los demás les vaya mal, empezando por la misma empresa. Este fue uno de los factores decisivos en la crisis del 2008.[12]

Lo de que “todos somos egoístas” me parece indiscutible. Lo que me parece discutible es decir que todos somos materialmente egoístas, porque hay otros beneficios además de los materiales. Si somos egoístas es porque, en el fondo, todo es egoísmo: toda acción es, total o parcialmente, consciente o inconscientemente, primaria o secundariamente, egoísta. Si se piensa bien, se vuelve obvio que nadie nunca hace nada que no le aporte un bien de algún tipo, aunque no sea necesariamente a costa de otros. Incluso el altruismo[13]: quien ayuda a los demás sinceramente, disfruta haciéndolo, por lo que al final él mismo se beneficia. Por lo tanto, buscar nuestro beneficio no implica necesariamente ser avariciosos ni despiadados. Y, al reflexionar, nos daremos cuenta de que incluso procurar el bien ajeno puede ser una manera de procurar el propio. De hecho, eso es en el fondo lo mismo que pensaba Adam Smith:

Every individual is continually exerting himself to find out the most advantageous employment for whatever capital he can command. It is his own advantage, indeed, and not that of the society, which he has in view. But the study of his own advantage naturally, or rather necessarily leads him to prefer that employment which is most advantageous for the society[14].

[Todo individuo está continuamente esforzándose por encontrar el modo más provechoso de emplear el capital que sea que pueda manejar. Es, en verdad, su propio provecho, y no el de la sociedad, el que contempla. Pero el estudio de su propio provecho lo lleva naturalmente, o más bien necesariamente, a preferir el uso que sea más ventajoso para la sociedad]

El problema es que ese mismo sistema acaba permitiendo que unos cuantos se beneficien perjudicando a la sociedad, contrariamente a las predicciones de Smith.

Ha-Joon Chang logra verbalizar claramente una idea fundamental con la que coincido: el problema es que la gente está pensando principalmente a corto plazo; y yo añadiría que con una mentalidad estrecha; sobre todo, toman en cuenta únicamente el beneficio económico inmediato, y muchas veces también la satisfacción de lujos desmedidos. Sobre la manera de superar este defecto del sistema y de la parte egoísta de los humanos, nuestro autor asevera:

When we understand that the modern economy is populated by people with limited rationality and complex motives, who are organized in a complex way, combining markets, (public and private) bureaucracies and networks, we begin to understand that our economy cannot be run according to free-market economics[15].

[Cuando entendemos que la economía moderna está poblada de gente con racionalidad limitada y motivos complejos, organizada en una manera compleja, combinando mercados, burocracias (públicas y privadas) y redes, comenzamos a entender que nuestra economía no puede ser dirigida según la economía del libre mercado]

Y lo que los resultados empíricos nos revelan es lo que, al final, será el determinante en una elección personal entre uno u otro sistema. Normalmente, la retórica que toman (tomamos) los partidarios de cada postura suele girar alrededor de ciertos conceptos éticos: “lo que es justo”, o bien “lo que cada quien merece”. Pero la justicia y el merecer son ideas netamente humanas/sociales y por lo tanto tienen respuestas en buena medida subjetivas, y para complicarlo aún más, tienen sentido en ambos casos. Naturalmente que debemos construir la sociedad mediante principios morales, pero hay casos en los que la interpretación de los principios varía; sin embargo, en ese momento los antecedentes comprobables nos pueden ayudar a aumentar la objetividad de la respuesta.

Por otra parte, el aspecto filosófico de la cuestión emite conclusiones que tampoco le son muy favorables al capitalismo tal y como actualmente lo vivimos. Aquí entran todas las delaciones que se han hecho sobre la deshumanización, la cosificación y la enajenación en la sociedad de consumo, por ejemplo. Por desgracia la reflexión humanística ahuyenta a la mayoría de los oyentes: suena a algo demasiado abstracto y sofisticado para ser práctico (lo cual es un gran error, pero ese es tema para otro día). En cambio, el análisis de resultados empíricos se atiende con mucha más facilidad. Por eso un libro como éste es tan útil.

Yo he reflexionado: lo que todos queremos es, sobre todo, vivir bien. Es posible hacerse una buena vida aprovechándose de otros, pero esto, además de destruir el principio humano básico de la compasión, lo pone a uno en un doble peligro: el de ser derrocado por alguien que pueda aprovecharse a su vez de él, o el de ser derrocado por los mismos de los que se aprovecha, en cuanto se harten y decidan rebelarse. Yo pensaría que cualquiera con un poco de sensatez accedería a llevar una vida que pueda ser igualmente buena y a la vez tenga mayor seguridad de no ser víctima ni del mismo sistema ni de una revolución. En resumen, a la larga beneficia más a cada persona que haya mayor igualdad y un equilibrio sensato entre la cooperación y la competencia, y que la codicia esté sometida a un cierto altruismo: nuestro mayor provecho llegará en buena medida con el provecho de los demás.

Las profecías de Marx habrán fallado en muchas cosas, pero acertó al menos en algo: seguir con el capitalismo salvaje, predijo, nos conduciría a la barbarie. Y barbarie es lo que yo veo en el mundo. El sistema actual es el de “la ideología del ‘¡Sálvese quien pueda!’ ”[16], una nueva ley de la selva. Pero Ha-Joon Chang, igual que yo, piensa que podemos generar un sistema más equilibrado y cooperativo, sin caer necesariamente en represiones estalinistas, como dicen muchos para asustarnos.

Al final, podemos remitirnos al propio Keynes: “la teoría clásica representa el modo en que nos gustaría que se comportara nuestra Economía. Pero asumir que en verdad lo hace es descartar nuestras dificultades”.[17] Por supuesto, los neoliberales podrían expresarse con las mismas palabras del proyecto socialdemócrata, así que, al final, la cuestión es a qué postura podemos demostrar que respalda la Historia.

El libro de Ha-Joon Chang se puede encontrar en español editado por Debate.

 

Bibliografía y referencias:

CHANG, Ha-Joon, 23 Things They Don’t Tell You About Capitalism, Bloomsbury Press, Berryville, 2012.

COMTE-SPONVILLE, André, Diccionario Filosófico, Trad. de Jordi Terré, Paidós, Barcelona, 2005.

GARRIDO, Manuel Segundo, Estar de más en el globo, Grijalbo, México, 1999.

HARARI, Yuval Noah, De animales a dioses, Trad. de Joandomènec Ros, Penguin Random House, México, 2016.

JUDT, Toni, Algo va mal, Trad. de Belén Urrutia, Santillana, México, 2010.

KEYNES, John Maynard, The General Theory of Employment, Interest and Money, Harcourt, Nueva York, 1964.

SMITH, Adam, The Wealth of Nations, Random House Inc., Nueva York, 1965.

 

[1] Cfr., Ha-Joon Chang, 23 Things They Don’t tell You About Capitalism, Bloomsbury Press, Berryville, 2012, p 137.

[2] Cfr., Adam Smith, The Wealth of Nations, Random House Inc., Nueva York, 1965, p 423.

[3] El título “There is no such thing as a free market” parece hacer referencia a la expresión popular “There is no such thing as a free lunch”, “No hay tal cosa como un almuerzo gratis”, usada para decir que “nada es gratis en este mundo”.

[4] Cfr., Ha-Joon Chang, op. cit., p 137.

[5] Esta es la “Cosa 15”, y es fácil de comprobar dándose una vuelta por determinadas zonas de la CDMX y fijándose en los mini-negocios informales.

[6] Cfr., ibid., pp 221-230.

[7] Cfr., ibid., pp 41-51.

[8] Cfr., ibid., pp 217-220.

[9] Cfr., ibid., p 42.

[10] Cfr., ibid., p 11.

[11] Esta idea fue desarrollada principalmente por Daniel Kahneman y Amos Tversky, y le valió al primero el Premio Nobel de Economía en 2002 (pese a que este premio, siendo una creación del Banco de Suecia, casi siempre se le ha otorgado convenientemente a economistas neoclásicos).

[12] Cfr., ibid., pp 11-21, 168-176.

[13] Cfr., André Comte-Sponville, Diccionario filosófico, Paidós, Barcelona, 2005, p 37.

[14] Adam Smith, op. cit., p 421.

[15] Ha-Joon Chang, op. cit., p 250.

[16] Manuel S. Garrido, Estar de más en el globo, Grijalbo, México, 1999, p 200.

[17] Cfr., John Maynard Keynes, The General Theory of Employment, Interest and Money, Harcourt, Nueva York, 1964, p 34.

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Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “23 cosas que no le reconocen a la socialdemocracia | Por Rodrigo Ruiz Spitalier

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