La madera de un cedro mutilado en la selva lacandona sirvió de estructura para colocar un reloj de péndulo que se encontraba al centro de la sala. Faltaban solo treinta segundos para ejecutar la orden. El tiempo avanzaba como los apéndices de un insecto sobre el agua; generaba una especie de vibración rítmica en los presentes.

¿La avenida central ya fue bloqueada? Sí, general. ¿La retaguardia de la plaza? Sí, general. ¿Ambos flancos? Sí, general. Se limpió el sudor de la frente y las mejillas después de preguntar. Cerró la boca. Su aspecto era de miedo, tenía que obedecer a un lunático.

El estruendo del segundero rebotaba en los tímpanos de todos, subía el sonido como la sangre a la cabeza de los niños al intentar caminar de manos; así también lo sentían los comandantes, aunque se duda de su humanidad, temían las imágenes que sucederían después de cumplir la orden. Pensaban en lo que vendría: dolor eterno, niños huérfanos llorando, padres muertos de angustia para la eternidad, historia sucia y ruin. Esperaban la señal dependiente del reloj, los segundos daban rumbo a la muerte; el ritmo preciso, exacto. Había un temor a lo desconocido; sí, por las consecuencias, pero más por las causas.

Un mar de voces emergía por las paredes de la plaza para condensarse en nubes de eco invisibles. Rebotaban en las ventanas y ellas vibraban como las cuerdas vocales de un soprano en éxtasis. Se cristalizaba la piel de los presentes. Posiblemente, hasta el salitre de las cornisas se agitaban a causa de la turba encolerizada.

Faltaban quince segundos. Los pasos de un cabo se escuchaban sobre el parquet sincronizándose con el segundero e intensificaban el sonido del tiempo que alcanzaba, sin remordimiento, la hora de ejecutar la orden.

¡General! ¡Todo en orden y en espera de su mando! Al general, por el miedo, se le atoró la lengua entre sus dientes. Pa… páseme el radio para comunicarme con el teniente al mando en campo. ¡Sí, general! ¿Me copia, Benítez? Sí, general, lo copio. Cuente diez segundos después de terminar esta llamada e inicie la operación “Patria libre”.

Nadie despegó la mirada del reloj de los presentes. Las balas, las bayonetas, la injusticia y la rebelión hervían a fuego lento.

El segundero estaba en las doce en punto. Un tanque abrió un hueco en la multitud, desarmaba la fe y la esperanza de los asistentes, los mismos que por instinto corrían. Había ráfagas que derribaban vidas, nubes de pólvora con olor a sangre caliente. El eco de los gritos se enredaban en los cuerpos y entre las bayonetas de los soldados.

Se silenció el tiempo, ahora marcaba heridas, apagaba vidas, prendía cirios, ahogaba llantos. Así como un árbol pudo ser reloj, la vida se detuvo en el tiempo para ser muerte. Dicen que alguien nos soñó muriendo y que a nadie le contó su sueño. Somos recuerdos en fracciones, retazos de historia, momentos en papel enmarcado que evidencian la mente de quien los aprecia.

Finalmente, el eco eterno del silencio reposa a un costado del tocón del cedro.

Josef Koudelka “Mano y reloj pulsera

Escrito por:paginasalmon

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s