Recuerdo aquel sábado que me encontraba recargada sobre el escritorio metálico, cerquita de la montaña de instrumentos y aparatos antropomórficos: un brazo por aquí, un ojo por allá, el recipiente giratorio, como una especie de barriga a medio llenar… Son las tres de la tarde y el postprandio hace sus estragos. Sigo pegada como lapa al frío acero que soporta toneladas de ciencia milimétrica, volumétrica e isométrica. Sobretodo, pegada a ese fiel escritorio le doy la espalda al viernes de dolor de corazón, le retiro la mirada al lunes de dolor de panza. A lo lejos hablan de viajes, de comida, de señoras, de cumpleaños, de santos patronos y de dulces matronas, también hablan de Macondo. Las historias son de acuerdo con el ámbar con que se mire, fosilizadas algunas. Y he aquí la vida sencilla y plena de una niña con su vestido pesado y abundante, de tela apabullante.

Vecina incómoda del escritorio robusto estaba la de siempre, la centelleante y candente, la de dorado exuberante. Ella estaba relegada en una especie de templo: cuadros a diestra y siniestra, floreros y hasta la dignaron acompañar con unos holanes de tela café larga y sedosa que abrazaban el pódium, en donde, desde lo alto, la lámpara guiñaba un ojo. Solo le faltaba la guadaña. Pero nació para desparramar por sus venas una luz tenue que siempre guiaba a la oscuridad, esa que habita en mi garganta.

Solo me hacía segunda el caracol, a quien la dama dorada no toleraba y a quien le profería emanaciones centelleantes e infernales para quemarlo. Era entendible su recelo, pues su aperlado tono y su superficie espinosa fundían el calcio con la arena en el atormentado óleo. Un caracol solitario en la playa, igual que el conjuro diabólico de Dorian Gray: perene, inmutable. El que hizo la pintura, aun con los brazos abiertos me recibe, afuera el ámbar renunció. 

Pero sigo pegada a la lámina metálica gris Oxford que, como membrana celular, me separa de ti, también es la que me separa de mí. Anoche estuve viendo el libro y lo abisal se me apareció de repente, si me pego al escritorio es porque no llevo tanque de oxígeno. Lo oscuro da miedo. ¿La noche te da miedo? No, lo negro da miedo -le dije al espejo con ocho patas de araña. Por eso cuando me encontré el frasco blanco escondido en un cajón del escritorio, me aburrí hasta decir “¡me!”. Luego, lo abrí y me esperaba ya. ¡Lo más parecido a mí lo conocía por fin! Una silueta alargada, como rectangular, articulada por una armadura de “p” a “pa”, muy lisito todo él, definitivamente era un él. Como guardo fielmente el negativo de aquella inmaculada aparición, puedo describirlo ahora: de traje negro y liso, como piedra de río; sin rajaduras ni malestares; con sus patas traseras abiertas a cuarenta y cinco grados y las patas delanteras como lanzas arborizadas y largas… ¡Ah! También podía ver unas grandes esferas que llevaba por ojos semilaterales. Me parece que tenía un olor particular, a tiempo, diría yo, a tardes desmayadas. A la naftalina que conocí por mi “ma”.

Me parece que estaba vivo.

Escrito por:paginasalmon

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