Fotografía de Areli Rema

Abrí los ojos de repente y tomé una enorme bocanada de aire, que bien podría haber sido la primera de mi vida. Cada uno de mis músculos se sentía adolorido. En mi mente todo daba vueltas como un tornado, mareándome. No tenía recuerdos. Sentía que, más que despertar, estaba empezando a existir. Apenas tenía una vaga idea de quién era; mucho menos sabía dónde estaba.

Mi respiración seguía entrecortada. Esperaba a que el enjambre dentro de mi cabeza se estabilizara en pensamientos concretos, hasta que poco a poco fui recobrando la sensación de control y equilibrio. Al fin comencé a incorporarme, con cierta dificultad. Ya de pie, volteé a todos lados. Era de noche. Estaba en medio de una calle vacía y tuve la sensación de que no existía nadie en ese mundo, excepto yo.

Empecé a tomar conciencia de lo que me rodeaba. Estaba en una calle de adoquines; en los bordes de la banqueta el agua había formado charcos que reflejaban la luz blanquecina de los faroles que iluminaban la escena. Pero allí, la luz y la oscuridad no parecían oponerse una a la otra, sino complementarse: encajaban entre ellas como piezas de un rompecabezas.

Finalmente, llevado por el sentimiento de extrañeza, me atreví a musitar: “¿Hola…?”

—Saludos —contestó una voz—. Estaba esperando a que hablaras.

Instintivamente volví a voltear a mi alrededor, pero pronto deduje que era inútil: allí no había nadie. Sin embargo, una voz había contestado. Pero había sido una voz más bien etérea, que no se había escuchado ni cerca ni lejos, ni parecía venir de algún punto en particular. Una voz indescriptible, sin nada que la identificara. “¿Quién eres?”, pregunté. Esta vez no hubo respuesta. Cambié la pregunta: “¿Dónde estás?”

—Aquí, obviamente. Igual que tú —anunció la voz.

—¿Dónde es aquí?

—Buena pregunta. ¿Dónde es aquí?

—¿Yo cómo voy a saberlo? Apenas llegué. Lo que estoy preguntando es dónde estás tú respecto a mí.

—Pues entonces tenemos un problema, porque yo no estoy, propiamente hablando. Si acaso, yo soy. Sí, eso suena bien: yo no estoy aquí, yo soy aquí. Y nada más.

—Bueno, en ese caso, ¿dónde estoy yo?

—Esa también es una buena pregunta. ¿Dónde piensas tú que estás?

—No me regreses las preguntas. ¿Dónde estoy? —insistí. Ninguna respuesta—. ¿Dónde estoy? —volví a preguntar, pero tampoco hubo nada. La Voz había desaparecido. Ante aquella situación, decidí ponerme a caminar.

Avancé por el lugar donde me encontraba. Observé a mi alrededor edificios cuadriformes de unos cuantos pisos, con techos inclinados de tejas, boardillas y chimeneas, y un buen número de ventanas, a través de las cuales se alternaban aleatoriamente estancias iluminadas y a oscuras. Las construcciones, apretadas unas con otras, tenían proporciones disímiles, y sin embargo evocaban una sensación de uniformidad.

De pronto caí en la cuenta de algo de lo que hasta ese momento no me había percatado: todo en aquel lugar era blanco y negro. Nada de colores. Alarmado, miré hacia abajo para ver mis manos y el resto de mi cuerpo. También yo era blanco y negro.

—¿Estás allí? —pregunté, esperando que la Voz regresara.

—Creo que ya tuvimos esta conversación sobre el “estar” —dijo la Voz con tono casual, como si nunca se hubiera ausentado.

—¿Qué pasó con el color? —pregunté.

—¿Te molesta el blanco y negro?

Yo no estaba seguro de qué responder.

—¿Le pasa algo a mis ojos? —dije.

—En absoluto. Este mundo es así.

—¿Y por qué yo también estoy en blanco y negro?

—¿Osarías existir a colores en un mundo blanco y negro? Desentonarías demasiado; no podrías asimilarte a él.

La Voz tenía razón. Así que volví a mis preguntas anteriores, sabiendo que me arriesgaba a que mi interlocutor incorpóreo callara de nuevo:

—¿Ya me vas a decir dónde estoy?

—Prefiero que lo deduzcas tú mismo.

Yo suspiré, algo molesto.

—Lo que tú tratas de hacer es confundirme, ¿verdad?

La Voz pareció soltar una risilla.

—Tal vez tengas razón. Confundir a alguien es la manera más divertida de hacerlo pensar.

—¿Para eso me trajiste aquí? ¿Para confundirme?

—¿Traerte? Yo no te traje —sentenció la Voz—. Si estás aquí, es porque quisiste.

—¿Porque quise? Eso es absurdo.

—En lo absoluto. Yo no tengo nada que ver. Solo soy el creador de todo esto. Yo no puedo traer a nadie aquí, así que si entraste fue por tu propia voluntad.

Para refutar su teoría, decidí hacer un esfuerzo por recordar cómo había llegado a ese lugar. Estrujé mi mente en busca de alguna respuesta, pero fue inútil: mi memoria estaba completamente vacía.

—No sé cómo llegué aquí ni por qué. No recuerdo nada —dije.

—Entonces, no es que no hayas venido por voluntad propia; es sólo que no lo recuerdas.

Negué con la cabeza. La idea no me convencía, pero no tenía elementos para negarla. Lo que decía la Voz tenía sentido.

—Pero ¿qué razón tendría yo para venir aquí? ¿Y por qué no recuerdo nada?

—Yo creo que porque no lo necesitas. Deduzco que, al entrar aquí, tuviste la sabiduría de dejar atrás todo lo que sentías que te estorbaba.

—¿Dijiste que tú creaste todo esto? – pregunté a la Voz.

—Así es. Todo lo que ves lo hice yo. Bueno, hasta cierto punto. Más que hacerlo, lo rehíce: digamos que lo tomé prestado y lo expongo a mi modo.

No dije nada más. Hablar con la Voz sólo me hacía sentir más perdido, así que comencé a andar de nuevo. En seguida me encontré frente a algo totalmente distinto: una torre que se alzaba detrás de unas ramas retorcidas y deshojadas. Tenía una fachada de épocas antiguas, que inspiraba solemnidad y a la vez algo siniestro. Todo esto se acentuaba por efecto de la noche. Pensé en la palabra “campanario” para describirla, pero no hubiera podido decir por qué. De repente, en mi memoria emergieron dos nombres: el primero, Eiffel, y el segundo…

—¿París? ¿Estoy en París? —pregunté. Repentinamente volvió a mi cabeza todo lo que sabía sobre aquel lugar. Ahora, al menos, ya recordaba algo.

—Sí, París. ¡Bravo! —exclamó satisfecha la Voz.

Yo reanalicé lo que había visto hasta entonces a la luz de la nueva revelación.

—Todo está vacío y mudo. Y las luces están encendidas, pero no alumbran a nadie.

—Este es mi París. O si quieres, mis Parises, pues son varias piezas de París puestas juntas. Pero ya que estás aquí, supongo que es también un poco tu París. Digamos que, ahora mismo, es tu mi-París.

Yo me rasqué la cabeza, pensando que eso ya era muy rebuscado. Tras reflexionar y contemplar largamente aquella Torre Eiffel, me dispuse a continuar mi caminata. De pronto me encontré envuelto en una densa niebla. Frente a mí pude ver un pedestal con una estatua, cuya difuminada silueta sugería un militar napoleónico (cómo supe eso, no lo sé) con la espada desenvainada. Detrás de él, la neblina lo invisibilizaba todo produciendo un efecto un tanto fantasmal; lo único que se distinguía, a la distancia, era un letrero luminoso que decía “HÔTEL”.

Incluso la niebla estaba estática. También la luz, ahora que lo pensaba, parecía petrificada, como suspendida en el espacio en vez de estar realizando un viaje superveloz de un punto a otro. Lo único móvil en ese mundo era yo.

—¿Y no pasa el tiempo en este París tuyo? —pregunté.

—Por el momento, no —dijo la Voz, sin duda disfrutando la contradicción de lo que acababa de decir.

—Entonces siempre es de noche…

—Por ahora sí. Todo lo que estás visitando se llama “París de Noche”.

—Guau, sí que te esforzaste con ese título.

—¿Discúlpame? —contestó la Voz, adquiriendo por primera vez un tono molesto.

—Perdón —dije yo.

Por un buen rato no hice más que desplazarme; ir de una esquina de París de Noche a otra casi sin darme cuenta, y a veces sorprendiéndome de la manera tan rápida y automática en que llegaba a un nuevo punto. Pasé por varias escenas curiosas: un momento caminaba por banquetas un tanto estrechas, entre una hilera de árboles y un muro; al siguiente estaba contemplando el cauce del río Sena y los muchos puentes que lo atravesaban. También me vi frente a varias cosas que no supe nombrar ni describir. Ese mundo nocturno resultaba por momentos relajante y por momentos inquietante, pero siempre sublime.

En un momento dado llegué hasta una reja, detrás de la cual asomaba una visión singular: un sendero, completamente oscurecido, flanqueado por dos arboledas que apenas se podían distinguir del cielo nocturno por su negritud. Al final del túnel formado por los árboles se llegaba a algún lugar resplandeciente. Era lo más fascinante que había visto.

—¿Qué lugar es este? —pregunté, para que la Voz regresara.

—Una de las entradas al Jardín de Luxemburgo.

—Estas visiones son… extraordinarias —dije.

—Gracias. Uno se esfuerza.

—¿Por qué no hay gente aquí? —pregunté—. ¿Nunca has hecho gente?

—Oh sí, he hecho muchísima gente. Gente durmiendo, besando, paseando, bailando. Gente sosegada, vivaz e inquieta. Gente de buenas y de malas. Amantes, obreros, bon vivants, faroleros, bebedores, bailarinas, músicos, banqueros, apostadores y hasta muertos. Muchos amigos, algunos famosos; pero muchos más desconocidos, desconocidos para mí y para el público. Pero sobre todo hice a los Invisibles. A los marginados. Homosexuales, grafiteros, prostitutas, ladrones y criminales. A los ocultos.

—¿Los Invisibles son invisibles porque nadie los ve? —pregunté yo.

—No es que nadie pueda verlos, sino que nadie los quiere ver. Con los Invisibles hice también otro París, mi “París secreto”; allí está la realidad, la auténtica realidad.

Mientras meditaba sobre eso, permanecí sumido en la contemplación de los Jardines de Luxemburgo. No sabría decir en qué momento, pero eventualmente volví a desplazarme y, antes de saberlo, ya estaba en otro lugar. Había llegado a una feria. Una feria vacía, claro, y detenida, y en blanco y negro.

—¿Dónde están todas esas personas que dices que hiciste? —pregunté.

—Están donde están. Si quieres verlos, tendrás que encontrarlos tú… pero a decir verdad, el hecho de que no te hayas encontrado a nadie hasta ahora me hace pensar que no quieres hacerlo. Tú estás decidiendo inconscientemente a dónde vas.

No repliqué y seguí moviéndome. A partir de ese punto me vi paseando por una serie de rincones ensombrecidos, difíciles de describir; en muchos casos, ni siquiera estaba seguro de lo que tenía ante mis ojos. Pero todo ello estaba alejado del París icónico de mis primeras paradas: ahora sólo eran esquinas mundanas.

Tras mucho andar, de nuevo se apareció ante mí el Sena. Una imagen, con cierto aire invernal, del límite de la calle, con el río, varios puentes y árboles a mi lado. Decidí tomar un descanso, y me senté en el borde a repasar en mi cabeza todos aquellos escenarios parisinos que había visitado. De pronto, sentí una extraña urgencia por regresar al mundo real (del cual sabía que venía, aunque no lo recordara). Esa sensación era nueva; hasta ese momento, simplemente había aceptado mi breve existencia en aquel lugar sin cuestionarme nada. Pero ahora sentía una punzada que me indicaba que era momento de volver. En eso, volví a hacerle la primera pregunta a la Voz: “¿Quién eres?”, pregunté en voz alta. No hubo respuesta. “¿QUIÉN ERES?”. Ya estaba un poco harto de sus evasivas…

—¿Por qué te molestas tanto? —preguntó la Voz.

—Porque si te hago una pregunta es porque quiero una respuesta.

—¿Saberlo rápido y ya, quieres decir? ¡Vaya, pues! ¿Crees que en un lugar como éste se vale que sepas algo rápido y ya, simplemente, sólo porque te lo dicen de entrada? Aquí lo que más importa es lo que descubres por cuenta propia.

Aquel sermón bastó para suprimir mi ataque de testarudez. También para hacerme sentir avergonzado.

—Discúlpame —dije con la mayor humildad que pude. La Voz ya no contestó, pero rápidamente experimenté el alivio que se siente cuando otra persona accede a la reconciliación, sin necesidad de palabras. Eso me bastó.

—Pero en realidad no es necesario que te diga todo esto: en el fondo ya lo sabes —aseveró de pronto la Voz.

—¿Cómo sabes que lo sé?

—Si antes de venir hubieras querido recordar algo sobre mí, lo recordarías. Pero preferiste venir sin recuerdo alguno… lo cual no deja de intrigarme.

Yo suspiré, pensando que aquel anfitrión era muy estricto con sus huéspedes en cuanto al esfuerzo mental que les exigía.

—Pareces convencido —dije— de que el encontrarme aquí y el no recordar nada son decisiones mías. Pero ¿cómo puedo estar seguro de que es así, siendo que no recuerdo nada?

—Pues me temo que tampoco soy capaz de demostrarte nada —contestó la Voz—. Lo siento mucho, hemos llegado a un impasse.

Yo permanecí callado y pensativo, hasta que me arriesgué a preguntarle:

—¿Al menos puedes decirme cómo regresar?

—Oh, eso es lo más fácil de hacer… y lo más difícil de explicar. Para empezar, debes desear regresar con toda sinceridad.

—Y después de eso, ¿qué?

—Debes cortar todo aquello que te mantiene en este mundo, y recuperar lo que te ata al mundo real. Eso será un reto: traes la mente inusualmente vacía. Para reencontrar el camino de regreso tendrías que concentrarte en tus recuerdos…

—Pero, justamente, recuerdos es lo que no tengo.

—Falso. Ya tienes por lo menos algo: París. Si quieres volver, tendrás que empezar por allí.

Medité sobre lo que la Voz especulaba. No me sentía capaz de reconstruir un camino para volver hacia quién sabía dónde. Pero mi instinto seguía mandándome punzadas de urgencia, que poco a poco mi razón estaba logrando descifrar: tenía asuntos pendientes, problemas que requerían mi atención; había que volver para enfrentarse a… a lo que fuera. Y de pronto me di cuenta de que esas certezas inexplicables también podían ser un ancla para mi regreso. Así que ahora, contando París, tenía dos cosas a las que aferrarme. Valía la pena intentar. Reuní todas mis fuerzas y me concentré lo más que pude; tenía que asociar y conectar ideas.

Mientras hacía eso, la Voz habló por última vez:

—¿Estás decidido a irte, entonces? Bueno, hasta pronto y buena suerte. Ojalá la próxima vez seas más participativo.

—¿Qué? —pregunté, sin poder asimilar sus palabras y concentrarme al mismo tiempo. Pero la Voz ya no contestó.

Me esforcé tanto como pude… hasta que finalmente pude conectar algo. Me aferré a ese algo y eventualmente recuperé algo más… y así seguí, recuperando ideas, una tras otra, cada vez más rápido. Y conforme el proceso avanzaba, las sensaciones que me conectaban con ese lugar se diluían, y junto con ellas mi consciencia…

Cada elemento de ese universo, del Universo de lo Imposible, iba desatándose de mí. Ya estaba volviendo…

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Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “De Noche, sin gente | Por Rodrigo Ruiz Spitalier

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