Fotografía de Manuel Alejandro

Para muchos lectores, así como para estudiosos de la Historia europea, los caminos transitados por la República de Weimar (1919-1933) como el ascenso del régimen fascista Nazi son harto conocidos. Asimismo, no son pocos aquellos que han hecho de la literatura de sobrevivientes y testigos de los campos de concentración, lo genocidios y la persecución de minorías no sólo un objeto de estudio, sino también el puntapié inicial para advertir a la humanidad de las aberraciones que el Hombre puede llegar a producir cuando el odio, la mecanización-industrialización como la alienación respecto a las acciones que el individuo realiza, se sintetizan y logran construir un chivo expiatorio para todas aquellas respuestas y frustraciones sin resolución. ¡Nunca olvidemos los relatos de Primo Levi en Se questo è un uomo (1947)!

Sin embargo, son los menos, aunque no por ello menos valiosos, aquellos estudios que se han detenido a estudiar los avatares de la diáspora humana que alcanzó las costas sudamericanas en los años del régimen Nazi. Es verdad, como bien ha expuesto Sonja Wegner en Zuflucht in einem Fremden Land (2013), apenas unos 10,000 germano parlantes, entre ellos perseguidos políticos, tanto judíos como no judíos, alcanzaron las costas del Río de la Plata y adoptaron a Uruguay como su lugar de exilio entre 1933 y 1944. En esta maravillosa obra, Wegner logra, además, bajo un mar de datos estadísticos, entrevistas y trabajo archivístico, darnos una muestra de las condiciones jurídicas (¡a una gran parte se les extraía la ciudadanía alemana por “impureza de sangre”!), así como políticas y económicas en las que los inmigrados abandonan sus países de origen y deciden (o simplemente recaen) quedarse en el puerto de Montevideo, ahí realizan sus actividades políticas en el “frente antifascista” de la ciudad, se integran al mercado laboral y adaptan —a veces de manera imposible— los nuevos códigos culturales a su nuevo “hogar”.

Patria en el exilio, exilio en la patria de Ernesto Kroch nos invita a dar un paso más adelante en la recuperación de aquellas experiencias y, en tanto obra narrada en primera persona, nos permite sumergirnos en las propias vivencias y decisiones de un convencido militante comunista que se encuentra con la necesidad, en un inicio impensada, de huir de su Heimat y exiliarse en el Uruguay ante el régimen nazi.

Con una estructura narrativa de breves crónicas compaginadas que apelan a reconstruir su pasado personal, mediante anécdotas, amores pasados, sensaciones y decisiones tomadas —y evitadas—, Kroch nos propone revisitar su épico pasado bajo una breve advertencia al inicio de su libro:

[…] en la vida hay pocos momentos en los cuales uno se encuentra en una encrucijada, encaminando el futuro por propia decisión. Generalmente somos llevados por la corriente y nos dejamos llevar. Ciertas influencias del entorno, oportunidades ofrecidas o perdidas, situaciones forzosas nos empujan en esta o aquella dirección. Y una cosa trae la otra. Las verdaderas alternativas no son muy comunes. Casi siempre somos un juguete en manos ajenas, a pesar de estar firmemente convencidos de que todo lo realizamos por libre decisión. Sin embargo… ¿es esta realmente tan libre?

Kroch, nacido en Breslau en 1917 y procedente de una familia de origen judío, narra al inicio el sufrimiento y la irritabilidad sufrida en carne propia durante su adolescencia ante la avanzada del fascismo en un marco político eclipsado por la crisis económica y social de los inicios de los años 30. Para el autor, la ausencia de un proyecto político claro y convincente que lograra apaciguar la marea de demandas, miedos y violencia devenida por la falta de trabajo y alimento en el país funcionó como caldo de cultivo inigualable para el ascenso de Hitler.

En lo sucesivo, mediante una serie de anécdotas y charlas en las que rememorará su participación en un círculo comprometido con la causa de la justicia social y la lucha obrera, el autor da cuenta de lo que él denomina “la opacidad” (o complicidad) de la sociedad ante aquella avanzada de un régimen cuyo claro objetivo se encontraba en intensificar la industria armamentista y, con ello, para una guerra expansionista.

La falta de una lectura pragmática o de un debate interno sincero por parte del campo de la izquierda alemana ante el peligro que significaba continuar con una política de “atomización” en lugar de lograr la formación de un “frente popular” replicando la experiencia española, son también elementos mencionados por Kroch. ¡Expone en primera persona las discusiones entre el SPD y el KPD en distintas organizaciones de base!

En ese devenir, Kroch también narrará, jugando entre fechas claves marcadas a fuego —como “La Noche de los Cuchillos Largos”— y sus memorias, su proceso de concientización clasista. Primero teórica, mediante las lecturas de Marx, Lenin y Kautsky; y luego práctica al ingresar en 1932 como aprendiz en una fábrica de locomotoras, experimentando las miserias del proletariado.

Primero, como integrante de una agrupación juvenil llamada “los camaradas”, luego como participe directo de la Resistencia antinazi 1932 y como víctima de sus sucesivas detenciones por la Gestapo en la cárcel de presos políticos de Breslau, para culminar en 1934 en el campo de concentración de Lichtenburg como “prisionero político”. El autor expondrá su pleno convencimiento con los ideales de izquierda al narrar su militancia en la clandestinidad mediante la edición de diarios clandestinos, pegatinas nocturnas como el desarrollo de un entramado de códigos y prácticas para evitar ser detenido y, en caso contrario como le tocó sufrir a Kroch, contener las presiones para delatar y entregar a sus compañeros de lucha en los interminables interrogatorios que sufrió a manos de la Gestapo.

El tiempo transcurrido en el campo de concentración de Lichtemburg no sólo será un periodo de lucha por mantener la cordura psíquica y la supervivencia física sino también, y aunque suene imposible, de reflexión. La búsqueda por parte de las SS de lograr la deshumanización y cosificación de los prisioneros clasificados por razones étnicas o ideológicas en el campo mediante sucesivas practicas denigrantes como los pequeños gestos de cooperación y aliento entre los prisioneros serán un punto en el que Kroch retornará una y otra vez en su escrito como una muestra de lo que es capaz el Hombre.

Bajo la condición de no pisar nunca más el territorio alemán, Kroch es liberado y deportado en enero de 1937. Debiendo abandonar su tierra natal y separarse de su familia, “decide” migrar a Yugoslavia a partir de conocidos que le permiten conseguir una visa temporal, donde distintas organizaciones de refugiados y sionistas habían iniciado los preparativos y primeras experiencias para los futuros Kibbutz en Israel.

Cuando el Anschluss (Anexión de Austria) y la invasión de Checoslovaquia estaba a punto de marcar el “no retorno” de las negociaciones con los aliados y el inicio de la segunda guerra mundial, Kroch se encuentra con la posibilidad, bajo las mismas dificultades que los actuales despatriados para conseguir un visado o un permiso de viaje, de exiliarse en el Uruguay.

Es 1938, el Alsina, un buque de bandera francesa, será su vía de escape hacia el Río de la Plata.

Uruguay, ligado íntimamente a los capitales ingleses y estadounidenses para la producción y exportación de bienes agrícolas primarios como en la “modernización” de su infraestructura impulsada por el histórico presidente José Batlle y Ordóñez, será la “patria en el exilio” de Kroch. “La suiza de América”, como era en ese entonces denominado Uruguay, se encontraba en un proceso de bonanza económica, “Había trabajo y pobreza con dignidad”, menciona Kroch al unísono de narrar lo difícil que se hizo al inicio para ajustarse a las nuevas normas sociales y patrones culturales propias de Montevideo y conseguir su primer trabajo en los ferrocarriles ingleses que conectaban la ciudad con el “interior”.

El espíritu y la lucha antifascista invaden la vida de Kroch durante sus primeros años en la ciudad latinoamericana. Organizados por migrantes, intelectuales y exiliados, “los comités antifascistas” de la región, menciona Kroch, lucharon por la llegada de aquellos familiares que no habían alcanzado a migrar por los onerosos precios o simplemente porque pensaban que el nazismo era algo pasajero… Kroch recuerda con crudeza los pedidos de auxilio de sus padres por conseguir el dinero y la imposibilidad de estos de huir del régimen.

Quizá hubiese podido hacer algo más por liberar a mis padres. Quizás no había jugado todas mis cartas, agotadas las posibilidades de conseguir dinero, mover mis relaciones. Años después, cuando fui consciente del destino de mis padres en el holocausto, me hice arduos reproches ¿no me estaba engañando en aquella época cuando creí que íbamos a reencontrarnos después de la guerra?

La narración y la vida de nuestro protagonista se desenvuelve en los siguientes años, en Montevideo, en torno a sus primeras amistades y desamores con los “criollos”, la correspondencia postal con familiares y conocidos expulsados al igual que él alrededor del mundo —Israel, Estados Unidos, Francia, Dinamarca y Suecia, algunos de los lugares desde donde recibe y envía noticias intentando no perder la esperanza de algún día volver a su tierra natal— y sus primeras aproximaciones a las organizaciones sindicales de ferroviarios, así como la lucha barrial por el cumplimiento de promesas con los vecinos de las chabolas de la capital  en el “barrio sur”.

Serán las décadas del 50 y 60 revividas por nuestro autor de un modo particular; los hermosos recuerdos de haber podido casarse con “Coca” e iniciar una familia se mezclarán con la actividad política dentro del partido comunista y el gremio de metalúrgicos como dirigente de base del taller de “Don Julio” que le impiden compartir tiempo y hasta la navidad con su familia. La aparición de la guerrilla urbana de los Tupamaros y el gobierno de Jorge Pacheco Areco marcado por los altos picos de inflación, las “medidas prontas de seguridad “ y el asesinato de estudiantes y militantes políticos, también marcarán lentamente el clima crispado de aquellos años.

El inicio de la dictadura (1973-1985) es rememorado a partir de la lucha sindical y la “huelga general” en la que Kroch se involucra.

Tras un breve tiempo operando en la clandestinidad, decide abandonar el país ante el peligro que significaba continuar involucrado en la oposición de un gobierno de facto. Encontrándose en San Pablo, como un primer lugar de exilio, nuestro narrador se encuentra ante una encrucijada: regresar a Montevideo con el peligro de ser encarcelado y torturado o emprender el retorno a su patria natal… La misma que 50 años antes lo había expulsado.

Es 1982 y Kroch llega nuevamente a Alemania. Las posibilidades de trabajar en su oficio son nulas. La tecnología y la edad lo expulsan del mercado laboral. ¿Realmente esta es mi patria? ¿Quiero permanecer aquí?  ¿Cómo estarán los muchachos en Montevideo? son algunas de las cuestiones que rondan en su cabeza subsumida en la angustia, mientras participa en Amnesty Internacional esperando el final de la dictadura y el más esperado retorno que ocurrió en 1985.

 

Para todos aquellos con un pequeño corazón de izquierda, Patria en el exilio, exilio en la patria nos muestra la importancia de nunca bajar los brazos ante nuestros ideales a pesar de los imponderables de la vida. Las pérdidas materiales e inmateriales como el miedo a lo desconocido y las experiencias del exilio se desenvuelven en una narración autobiográfica absorbente. Sin embargo, la narrativa de Kroch también nos sirve como advertencia. El odio, la xenofobia y el rechazo a la diferencia de pensamiento tan sólo conducen a la deshumanización y, en última instancia, a la muerte. Es por ello que todo eso debe ser combatido.

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Escrito por:paginasalmon

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