y cuando te llamo amor mío, amor mío,
¿te llamo a ti o al amor mío? Tú, amor mío,
¿acaso es a ti a quien nombro,
acaso es a ti a quien me dirijo?

Jacques Derrida

Amor:

Hay dos clases de personas que no pueden hacerme cosquillas: yo mismo y la gente que no conozco. Esto es así porque mi mente, lluvia atareada de comparsas inútiles, es capaz de derivar el efecto de las cosquillas de un escalafón psicológico que mide el grado de intimidad que he establecido con la gente que me rodea y que puede tocarme. A mí también me duelen las cosquillas, pero mi psique tiene la capacidad de reprogramar las sensaciones de mis experiencias sensoriales para adecuarlas a una condición afectiva esencial. Con esto quiero decir que las cosquillas son una emoción selectiva; el criterio que las determina en risa o en dolor tiene su fondo en el cariño y la ternura, más que en una predisposición somática. Cuando yo intento hacerme cosquillas, no puedo convencer a mi cerebro de que mi cuerpo es capaz de dañarse a sí mismo, de la misma manera en la que no puedo convencerlo de que un extraño que trata de tocarme no me lastimará. Solo pueden hacerme cosquillas las personas que amo y en las que confío, porque solo a ellas puedo entregarles mi cuerpo sin reservas; los otros, los del peligro del tocar, solo pueden causarme dolor y angustia, porque el dolor y la angustia son la condición de ser fuera de este cuerpo que es el mar donde fondean las cosas del mundo en mi alma.

En esto creo: las cosquillas son un gesto que me acerca al vicio de no ser (más) para mí. Las cosquillas me parecen un dolor contrahecho que me permite anular el miedo que siento por todo lo que puede dañarme y las razones para no confiar a nadie la fragilidad de mis manos, mi cuello, mis costillas y las plantas de mis pies. En su estado más primitivo, mi experiencia de las cosquillas es, pongámoslo así, el reconocimiento trágico de la fragilidad de mis fronteras, del margen de este habitar el miedo a dejar de pertenecerme, al mismo tiempo que la victoria final sobre mis temores arcanos. Las cosquillas son la experiencia de ser en alguien más, en las manos de otro, de dejar de ser en la pertenencia del otro.

Y, sin embargo, para mí, las cosquillas no son una repulsión terminante por la manera en la que experimento mi cuerpo en su tragedia material; más bien, como son un daño que me ayuda a anular la indeterminación de mis bordes, por eso también son la forma más sincera que tengo para hablar de lo que soy en relación conmigo mismo. En La expresión de las emociones del hombre y los animales, Charles Darwin descubrió (mi primer impulso fue escribir: “admitió por primera vez”, pero en seguida entendí lo anacrónico del asunto) que las carcajadas de las cosquillas son exclusivamente acciones reflejas; que las cosquillas no son respuestas premeditadas a una excitación sensitiva, y que la risa que provoca una broma y la que provocan las cosquillas no son conmensurables entre sí. Creo que Darwin tuvo razón: a diferencia de esta risa, la de las bromas y los chistes ocurren a la distancia, sin la mediación del cuerpo; la risa de las bromas pertenece al reino de lo que se piensa, allí donde el amor no le sirve de espejo.

Esto es, casi por completo, lo que define mi experiencia de las cosquillas y me las separa del modelo gestual de lo cómico: por compromiso, puedo fingir que me río, y hasta puedo decidir no reírme para lograr un efecto hostil —como cuando se finge un orgasmo o el amor mismo—, pero no puedo fingir que no me da risa el dolor de las cosquillas. Mi respuesta a ellas es honesta por espontánea; las cosquillas son lo indecidible de mis sentimientos.

Por todas estas razones sé, o no sé, pero me atrevo a pensar, que esta entrega fallida de mi cuerpo a mi amor es al menos la exploración de los intersticios donde aún es posible soñar para él y para mí el don de la sinceridad desnuda; de sentirnos agentes de una decisión que (re)crea nuestro cuerpo en la entrega mutua al peligro de perdernos en nuestro cariño. Las cosquillas, vueltas un acto subversivo que desarma la unidad crítica de esa entrega, al menos son el gesto más franco de este cuerpo que se resiste al efecto de un arrebato indescifrable. Te lo digo con otras palabras: las cosquillas no son para nosotros menos que el artefacto más importante de este amor.

Y todo esto lo escribo para decirte, otra vez, que no te amo porque te deseo; más bien, te amo porque deseo que me hagas cosquillas; te amo porque quiero que me toques cuando entrego mi cuerpo a la voluntad incierta de tu amor y tu inocencia. Te amo porque te permito tocarme, y te permito tocarme porque sé que no vas a herirme, y que mi amor por ti es esta entrega de mi cuerpo a ti, a ti que puedes atravesar mi costado con una lanza. Te amo porque puedes poner tus manos sobre mí y hacer tuyo mi cuerpo, y porque este amor, que es al mismo tiempo la certeza de que jamás dejaré de ser mío, y de que ninguno de los dos deseamos verdaderamente que sea lo contrario, es el cierre de un laberinto angustioso alrededor de mi cuerpo dividido, en el momento en que comprendo que te amo con más fervor porque sé que nunca vas a poseerme.

Como experto en cosquillas, es lo único que tengo por cierto: te amo porque me permito permitirte hacerme cosquillas.

Escrito por:paginasalmon

2 comentarios en “Ensayo sobre las cosquillas | Por Gerardo Alquicira Zariñán

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