Versión del texto en audio.

La noche anterior llegaste del trabajo con escalofríos en todo el cuerpo. Pensaste en alguna infección, tal vez del estómago, por el sabor de tu boca y las náuseas; tal vez del hígado o la garganta. Tampoco reflexionaste demasiado. Hacía años no sabías lo que era estar bien. No tenía sentido seguirse preguntando. 

Y aunque esa noche te sentías especialmente cansada, no te diste cuenta porque ya no podías distinguir la diferencia. Lo único que hiciste fue tumbarte en el sillón, suplicando que el reposo te diera una tregua. Rogando, a quién sabe quién, un poco de piedad.

Pero no funcionó. 

Te fuiste hundiendo en el malestar hasta el punto donde supiste que no podrías ponerte de pie si seguías esperando. Entonces, con mucho esfuerzo, empujaste tu cuerpo mareado y tembloroso hasta llegar a la cocina. 

Ahí revisaste que la tetera estuviera llena, encendiste la hornilla y buscaste confusamente en el cajón donde guardabas las infusiones. La mezcla de aromas subió inundando todo el espacio, penetrando por tu nariz, revolviéndote el estómago. Rápidamente tomaste un puñado de hierbas, cerraste el cajón y repetiste muchas veces en voz baja que todo iba a estar bien.

Cuando la tetera empezó a silbar, ibas a retirarla del fuego, pero unos dedos largos e invisibles se enterraron en tu rostro arrancándote el aliento. Aterrada, recargaste las manos sobre la mesa y abriendo mucho la boca, intentaste recuperar el aire perdido.

En ese momento estuviste a punto de pedir ayuda, pero te arrepentiste en seguida. Los malos recuerdos cancelaron la idea, clavándote una punzada de resentimiento en la boca del estómago. 

¿Qué les voy a decir? —pensaste—, ¿que estoy mal otra vez? ¿Para qué?, ¿para que vengan a acompañarme?, ¿para que me lleven al doctor?, ¿o para ver en sus miradas esquivas la incomodidad, el fastidio mal disimulado, el gesto de recriminación, la incredulidad?  

El coraje te encendió por dentro y con falsas fuerzas te incorporaste para servir la bebida y regresar a la sala con la taza entre las manos. Te sentaste en la orilla del sillón y tomaste pequeños sorbos para calmar las náuseas, pero tu estómago era un puño cerrado. Aunque te forzaste a beber un poco más, fue imposible. 

Con frustración ahogada, hiciste la taza a un lado, colocándola con cuidado sobre la mesa. Habrías querido arrojarla contra el piso, gritar, gritar muy fuerte que estabas harta, maldecir la vida, llorar hasta romperte. Mas ese era un desperdicio de fuerza que no podías permitirte.

Con la rabia paralizando tu garganta, te preguntaste qué podías hacer, qué más podías hacer que no hubieras hecho. Y como no hubo respuesta, te dirigiste al baño y así prepararte para dormir. Querías creer que al menos el sueño te liberaría del dolor por algunas horas y mañana —tal vez mañana— amanecerías mejor.

Recargada en el lavabo evitaste mirarte a la cara. Odiabas ese rostro consumido, avejentado antes de ser joven, marcado por las noches de dolor y los días sin descanso. Odiabas la promesa que no llegó nunca, la belleza que se perdió sin existir, la esperanza de la vida que te pasó por alto.

En la recámara te fuiste desnudando y al hacerlo te dolió la carne como si la hubieran pisado muchas veces. Sacaste la camiseta que guardabas debajo de la almohada y te sentaste en la orilla de la cama donde tus muslos se desparramaron, flácidos y resecos. 

Sin querer miraste tus manos. Tenías la piel amarillenta con la textura de un pergamino, los dedos largos y nudosos como las ramas de un árbol seco. En tus muñecas casi infantiles, se perdían las venas más que nunca y aunque estiraste la piel para encontrarlas, solo hallaste unos hilos intermitentes.

Agotada, apagaste la lámpara y dejaste caer el cuerpo tratando de no pensar. Pero no hubo manera. A pesar del cansancio y de la sensación opresiva que te aplastaba, recordaste con claridad la última vez que visitaste un médico. El doctor Juárez te había examinado con desgana, sin escucharte te recetó lo mismo de siempre y aunque notó que querías seguir hablando, cortó tu intención diciendo que en un mes estarías mejor.

Tomaste la receta de su escritorio y lo miraste con odio, pero no pareció importarle. Entonces, saliste sin decir nada, con la garganta reventándote en los ojos, caminando como autómata, forzándote a no hablar contigo, apretando las lágrimas para que no salieran en público. Cuando llegaste a casa y pudiste llorar, no salió una sola. Únicamente permaneciste sentada, mirando a ninguna parte, enterrando lo ocurrido, pensando que tal vez mañana estarías mejor.

El recuerdo te conmocionó y aunque quisiste parar, tu mente corrió hacia la abuela, al día en que todos supieron que iba a morir. El médico les había informado y nadie podía creerlo. Tuviste la certeza cuando tomaste sus manos y ella apretó las tuyas de un modo distinto. Esas manos que siempre se habían extendido para dar, ahora suplicaban asustadas queriendo aferrarse a algo. 

Después pensaste en tu madre y el recuerdo de su dolor se te clavó en el pecho comprimiéndote el corazón.

De Dios no te acordaste.

Habrías querido dormir al menos por un momento, solo pedías un instante de reposo, una tregua… pero el ahogo no te dejaba respirar. Estiraste un brazo para tomar un pañuelo y empaparlo con alcohol, entonces notaste el entumecimiento en los músculos y la torpeza de tus manos para destapar la botella. Antes de alcanzar a olerlo, una arcada te sorprendió sin que pudieras detener el vómito negro que estalló con violencia.

Un olor a sangre podrida invadió la habitación. Aterrorizada, quisiste levantarte pero tus piernas ya no tenían fuerza y caíste de la cama sacudida por un temblor incontrolable. Moviste la cabeza de un lado a otro, desordenadamente, buscando una respuesta, queriendo mirar a través de la nata espesa que se extendía cubriéndote los ojos, nublándote la vista, borrando los objetos hasta casi desaparecerlos. 

Quisiste entender qué ocurría y tus pensamientos se disolvieron sin llegar a ningún sitio. Intentaste retener el último aliento, pero aquellos dedos invisibles apretaron tu garganta y no volviste a respirar.

Moriste unos instantes después, tirada en el piso, con los ojos abiertos.

Fotografía correspondiente a una pintura de Alejandra Tello Vidal

Escrito por:paginasalmon

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