Fotografía de Manuel Alejandro

Cornelius de Paw

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DISCURSO PRELIMINAR

DE

INVESTIGACIONES FILOSÓFICAS SOBRE LOS AMERICANOS

O MEMORIAS INTERESANTES QUE SIRVEN A LA HISTORIA DE LA ESPECIE HUMANA.

 .

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Traducción y notas de

Gerardo Alquicira Zariñán

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NOTA DE TRADUCCIÓN

Esta traducción fue realizada a partir del volumen I de la edición londinense de las Recherches philosophiques sur les Américains, ou mémoires intéressants pour servir à l’histoire de l’espèce humaine. Avec une Dissertation sur l’Amérique & les Américains par Dom Pernety, publicada en 1771 la misma que Francisco Xavier Clavigero leyó y criticó en la Historia antigua de México—, gracias al facsímil depositado en la Biblioteca Digital de la UNAM.

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INTRODUCCIÓN

Francisco Xavier Clavigero, jesuita nacido en 1731 en el Puerto de Veracruz, ingresó a la Compañía de Jesús a los dieciséis años. Tras ser ordenado sacerdote, ofició y llevó a cabo labores educativas en Ciudad de México, Puebla, Valladolid (la actual Morelia, donde tuvo entre sus discípulos a un joven Miguel Hidalgo) y Guadalajara. Tras la expulsión de los jesuitas de los territorios españoles, ordenada por Carlos III en 1767 después de que estos fueron acusados de haber organizado el Motín de Esquilache, Clavigero salió de México, y luego de un trabajoso peregrinaje de tres años, durante los cuales sobrevivió a un ataque pirata y a un naufragio en Córcega, por fin pudo establecerse en Bolonia, uno de los territorios perteneciente a los antiguos Estados Pontificios. En ese lugar permaneció el resto de su vida y allí murió veinte años después de su expatriación, a los cincuenta y cinco años.

En Bolonia, Clavigero disponía de mucho tiempo libre, puesto que a su llegada no contaba con un puesto fijo en la estructura eclesiástica local que lo mantuviera ocupado (por cuestiones políticas, el Papa Clemente XIII se negó durante mucho tiempo a recibir en los Estados Pontificios a los jesuitas americanos). Apoyado en su conocimiento del otomí, del mixteco y, sobre todo, del náhuatl, y en la relación que en su infancia estableció con los sirvientes indígenas de su padre; en el profundo estudio que años antes había hecho del archivo documental legado por Carlos de Sigüenza y Góngora al Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo; en el apoyo moral, intelectual y bibliográfico que le brindaron sus compatriotas exiliados (como Diego José Abad, José Mariano de Vallarta y Francisco Javier Alegre); en los libros que adquirió en Europa y, finalmente, en su propio conocimiento empírico del país en el que nació, Clavigero aprovechó esta oportunidad para redactar la Historia antigua de México y así “evitar la reprensible ociosidad en la que se hallaba condenado”, como asegura en el prólogo a esa obra, pero también para desmentir de paso una serie de calumnias e invenciones sobre México y el continente americano que la mayor parte de la élite enciclopédica, ignorante de América y (paradójicamente) crédula, había adoptado.

La Historia antigua de México es un estudio histórico y, al mismo tiempo, una apología filosófica del pasado prehispánico mexicano (Clavigero le dedicó el libro a la Real y Pontifica Universidad de México, y en su dedicatoria asegura que éste, “más que una historia, es un ensayo”). Consta de diez libros que describen el paisaje del país, la historia de los pueblos precolombinos que habitaron este territorio y la organización política, la lengua y las costumbres del pueblo mexica, y de nueve disertaciones complementarias que refutan diversos prejuicios que los filósofos ilustrados habían manifestado sobre América en general y México en particular sin haber puesto un solo pie en este lado del mundo.

Como lo escribe el mismo Clavigero en el texto dedicado al lector con el que introduce las disertaciones, “el blanco principal de sus tiros” fue la obra del filósofo neerlandés Cornelius de Paw, porque “como una sentina las inmundicias”, ella recoge mejor que ninguna otra todos los vicios de pensamiento que oscurecían el conocimiento de América en los círculos intelectuales europeos de la época.

Dicha sentina donde “Monsieur” de Paw reunió estas opiniones exageradas y malintencionadas sobre América fue aquella cuyo estudio preliminar se traduce y se comenta aquí: las Investigaciones filosóficas sobre los americanos, o memorias interesantes para servir a la historia de la especie humana. La tesis principal de este libro es tan clara como omnipresente en el pensamiento colonial europeo (la cual, como se sabe, venía de una larga tradición xenófoba de corte ecuménico que fue inaugurada por los griegos y marcó la historia etnocéntrica de Europa hasta la época de Hegel): el clima caluroso y húmedo del continente americano, además de impedir la correcta formación y crecimiento de la flora y la fauna endémicas y de embrutecer a los europeos que aquí se asientan, también ha alejado de la razón y de una sana formación fisionómica a los americanos naturales, hasta el punto de que estas personas no son más que unos seres diminutos, deformes, estúpidos, débiles y cobardes, pero pacíficos, a los que las injustas tropas españolas no tuvieron ninguna dificultad en someter (todos los adjetivos, tanto xenófobos como paternalistas, son del mismo De Paw, preocupado por la implicaciones éticas de la supuesta desigualdad armamentística e intelectual que existía entre los “vigorosos” españoles y los “enclenques” americanos durante la Conquista) . 

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Por el rigor argumentativo y documental con el que Clavigero debatió la leyenda negra de América, Alfonso Alfaro no exagera al escribir en el prólogo de Francisco Xavier Clavigero, El aliento del espíritu de Arturo Reynoso que la influencia del novohispano no se limita al impulso que dio en este país al rescate y el estudio de los saberes precolombinos ni a las aportaciones intelectuales que configuraron el proceso independentista (los gachupines en México conocían y repetían constantemente las tesis de De Paw[1]), sino que también toca los primeros planos de las discusiones filosóficas ilustradas. Lo que la obra de Clavigero le mostró al soberbio intelectual europeo fue, sobre todo, la ceguera antropológica y filosófica que su excesiva confianza en la facultad suprema de la razón tuvo como efecto. La reprimenda intelectual que Clavigero enhebró en las “Disertaciones” ha resultado especial e inmensamente útil porque ha ayudado a forjar el rigor metodológico e interpretativo sobre el que se fundan la antropología, la sociología y la etnografía anticolonialistas.

Este trabajo de traducción se realizó siguiendo el espíritu del dossier “Estudios novohispanos” de Página Salmón: con él busco trazar algunas marcas que pongan en tensión aquello que cierta “ilustración novohispana” parece habernos legado en los estudios filosóficos en México (incluida la discusión misma sobre la realidad de la ilustración novohispana), así como el mismo canon desde donde se estudia la obra de Clavigero, pensador teológico que en su misión de compaginar la filosofía y las enseñanzas evangélicas llegó a defender la postura bíblica en torno a la discusión sobre la existencia de los gigantes, mito que el mismo Cornelius de Paw negó basado, como es de suponerse, en un ejercicio de escepticismo racional. En fin, este trabajo es un intento por inaugurar un “camino del deseo” para un estudio de la obra de Francisco Xavier Clavigero más horizontal y cauteloso con sus fuentes y sus limitaciones históricas y filosóficas internas.

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DISCURSO PRELIMINAR

Dado que los americanos conforman el capítulo más curioso y menos conocido de la historia del ser humano, nos hemos propuesto tomarlos como el objeto principal de estas Investigaciones; para ello, consideraremos la peculiaridad de su constitución física y, algunas veces, la de sus ideas morales.

No existe un evento humano más memorable que el descubrimiento de América. Ni en los tiempos más remotos, ni en nuestros días hubo jamás otro acontecimiento que se le compare; sin duda, resulta un gran y terrible espectáculo ver que una mitad de este mundo – de por sí tan perjudicado por la naturaleza– es monstruosa o degenerada. ¿Ningún físico de la antigüedad pudo prever que en un mismo planeta existían dos hemisferios tan diferentes entre sí, y que uno sería vencido, subyugado y casi devorado por el otro cuando se encontraran después de varios siglos que se perderían en la noche y en el abismo del tiempo?[2] Esta extraordinaria revolución que cambió la faz de la Tierra y la fortuna de las naciones fue por completo transitoria pues, debido a una fatalidad apenas creíble, el ataque y la defensa no estuvieron equilibrados: toda la fuerza y toda la injusticia estuvieron del lado de los europeos, con lo que los americanos, siendo más bien frágiles, debieron ser exterminados en un santiamén. Tal vez fue una combinación funesta de nuestros destinos, o un efecto necesario de tantos crímenes y errores, pero la cierto es que la conquista del Nuevo Mundo, tan célebre e injusta, ha sido una de las más grandes calamidades que ha sufrido la humanidad.

Después del veloz exterminio de algunos millones de salvajes, el atroz vencedor se sintió afectado por un mal epidémico que, atacando a la vez los principios de la vida y las fuerzas de la generación, se convirtió de inmediato en la más horrible plaga del mundo habitable. El hombre, de por sí afligido por la pesada carga de su existencia, encontró para colmo la semilla de la muerte entre los brazos del placer y en el seno de la deleitación; se creyó irremediablemente perdido y supuso que la naturaleza indignada había confirmado su ruina[3].

Los anales del Universo no ofrecen una época similar –y tal vez nunca lo hagan–. Si tales desastres pudieran suceder más de una vez, la Tierra sería una estancia peligrosa donde nuestra especie, vencida por sus dolencias o cansada de combatir contra su destino, vería la total extinción y dejaría este planeta a especies más felices y menos apremiadas. No obstante, los políticos con sus proyectos no dejan de enviar escritos sediciosos a los príncipes para exhortarlos a invadir las Tierras Australes[4]. Es algo lamentable que ciertos filósofos hayan sido tan incongruentes hasta el extremo de llegar a ser el voto decisivo que propició el éxito de tan censurable empresa al trazar, en la teoría, la ruta que siguió el primer navío desde nuestros puertos para encadenar a los tranquilos habitantes de esos ignorados países. Excitar la avaricia de los hombres con falsas necesidades y riquezas imaginarias es como molestar a un tigre espeluznante que debíamos enjaular. La gente de esas lejanas tierras tiene ya mucho que reclamarle a Europa pues, de acuerdo con aquellas personas, esta abusó extrañamente de su superioridad. Hoy, ante la falta de equidad, la prudencia le exige al Viejo Mundo dejar tranquilas las Tierras Australes para que se dedique a cultivar las propias. Si el espíritu de la aflicción y los arroyos de sangre acompañan invariablemente a nuestros conquistadores, renunciemos pues a conocer los distintos puntos geográficos mediante la destrucción de una parte del mundo; no masacremos más a los papúes con tal de obtener con el termómetro de Réaumur[5] el clima de Nueva Guinea. Después de habernos atrevido a tanto, no nos queda otra gloria que alcanzar más que a través de esa moderación perdida: pongámosle límites a ese furor nuestro de invadirlo todo para conocerlo todo.

Es bello y grandioso expulsar la oscuridad de los bosques y de las hordas bárbaras para obtener hombres; pero los moralistas, que debían ocuparse de esta tarea, encuentran un singular placer en aburrirnos con sus escritos mientras se deciden a viajar a la Tierra de Van Diemen[6]. Si los que predican la virtud en las naciones civilizadas son ellos mismos viciosos, entonces dejemos a los salvajes vegetar en paz para no instruirlos sin tiranizarlos: compadezcámoslos si sus males son peores que los nuestros, pero si no somos capaces de contribuir a su felicidad al menos no aumentemos su desdicha.

En la parte histórica de esta obra hemos seguido tanto como ha sido posible a los autores contemporáneos que han escrito sobre el descubrimiento del Nuevo Mundo y que pudieron verlo cuando aún no había sido transformado totalmente por la codicia, la crueldad y la insaciabilidad de los europeos. Casi no queda nada de la antigua América más que el cielo, la tierra y el recuerdo de sus espantosas desgracias.

Oviedo[7] ya se quejaba en su tiempo de que estábamos tan afanados en degollar a los americanos que los naturalistas apenas tuvieron ocasión de estudiarlos, de modo que al estar enfocados en semejante tarea perdimos la esperanza de llevar un poco de luz a tantas tinieblas. Al fin de cuentas nos hizo falta armarnos de perseverancia para abrirnos paso a través de las contradicciones y las observaciones viciosas de aquellos aventureros, para quienes las extravagancias costaron menos que al resto de los hombres aunque resultaron incomparablemente más perniciosas, cuando los prejuicios que los acompañaban en su viaje adquirieron una especie de autoridad al atravesar las Líneas de los equinoccios y de los Trópicos; sin importar con cuánta seriedad nos enfrentemos a tantos testimonios, todavía requerimos un poco de suerte para aprehender la verdad, tantas veces travestida por su estupidez o violada por su malicia.

Uno se siente llevado al epicentro de los absurdos y las maravillas en especial con la lectura de las Cartas edificantes de los misioneros[8]. Es asombroso que tengamos tanto que objetar a esos que fueron – o que dicen ser– los que predican la verdad en los confines del mundo; si estos hombres apostólicos, aturdidos por el vértigo de su entusiasmo, han visto las cosas de forma tan errada, al menos debieron abstenerse de describirlas por respeto a la razón: nunca les hemos exigido un compendio de relaciones donde los milagros abundaran con tanta abundancia que apenas pudiéramos distinguir dos o tres datos que fueran un poco verosímiles. Cuando, al cabo de unas ingratas y laboriosas investigaciones, nos decidimos a evaluar sus resultados, vemos que las excepciones llegan de todos lados y nos abruman, y que aquello que era verdad en un sentido deja de serlo en otro por la razón de que ni siquiera nuestros sistemas más racionales podrán jamás encadenarse entre ellos a la perfección para formar un círculo que abarque toda la inmensidad fenoménica; siempre queda algún resquicio por el que se cuelan errores que le recuerdan sin cesar al espíritu humano su incapacidad para habituar al filósofo a dudar a pesar de sí, estos es, a pesar de la inclinación que lo empuja a decidir.

América, más que cualquier otra región, ofrece numerosos y excepcionales fenómenos que por desgracia han sido hasta ahora muy mal observados, pésimamente descritos y confusamente recabados, dando como resultado un caos espantoso. Los españoles, esos dueños indolentes y fanáticos de unas tierras que han devastado por su salvajismo y el saqueo, no han mostrado nunca la mínima curiosidad por reunir los restos de aquel prodigioso edificio: contentos por haberlo demolido con sus ambiciosas manos, descuidaron las ruinas escondidas bajo los arbustos y repartidas sobre esa inmensa superficie. No nos jactamos de haber caminado con paso firme sobre caminos espinosos; eso sería un exceso de temeridad, cuando lo que en verdad necesitamos es un exceso de indulgencia – la que, a decir verdad, no esperamos obtener–.

Si hemos descrito a los americanos como una raza de hombres que tienen todos los defectos de los niños, o como una especie degenerada del género humano, cobarde, impotente, sin fuerza física, sin vigor y sin elevación de espíritu, no hemos dejado nada a la imaginación haciendo este retrato[9], que sorprenderá por su novedad, porque la historia del hombre natural ha sido más descuidada de lo que pensamos. Este ensayo probará al menos lo que puede lograrse en esta empresa si la continúan grandes expertos.

Como tuvimos que echar un vistazo a objetos aislados y tan diferentes entre sí, no hemos tratado de reunirlos en un mismo hilo narrativo por miedo a provocar que el estudio del discurso sea más difícil que el estudio de los hechos. Esta es la razón por la que les reprochamos a los naturalistas modernos que hayan mostrado una gran propensión por un estilo pomposo y manierista: al sembrar tantas flores sobre sus obras han delatado y evidenciado sus puntos débiles. Con facilidad percibimos que buscaban agradar al lector para recompensarlo por no estar instruido ni convencido; esta apelación a la elocuencia es un inútil juego de declamación cuando tenemos razón, pero es más que ridícula cuando nos equivocamos. Aquél que ha agotado su tema y recoge nuevas, interesantes y verdaderas observaciones puede, con toda seguridad, desechar ese estilo inflado y excesivo, acomodado al gusto de los lectores de hoy – tan corrompidos por las triviales e incontables producciones de los bellos espíritus–, y así juzgar de forma equitativa la obra de ciertos hombres de letras que estimaron a sus contemporáneos lo suficiente como para no haber sacrificado nada al pésimo gusto de su siglo.

Siendo el reconocimiento del hombre físico el objeto primordial de estas Investigaciones, resultaría por demás extraño que no se nos perdonaran ciertas licencias que, en cambio, sí son toleradas en quienes describen insectos y componen volúmenes enteros acerca del apareamiento de los caracoles. Alejados a partes iguales de una libertad cínica y de una escrupulosa retención, hemos tenido que dirigir nuestras miradas sobre todos los misterios y desvíos de la naturaleza animal; pero en la exposición que sobre esto se hará, tan sólo hemos unido ideas filosóficas a las palabras, por lo que todas éstas son, o deberían ser, iguales a los oídos del Pudor. Y como hasta hoy sólo habíamos tenido nociones falsas sobre la gente más septentrional de América, nos hemos visto en la necesidad de pasar algún día en el esclarecimiento de su historia, sus costumbres y su estancia en las cercanías del Polo[10], sirviéndonos para ello de manuscritos que nos han enviado personas respetables y de las últimas relaciones que publicaron los daneses sobre Groenlandia en 1765, en una lengua poco conocida por la Europa erudita[11]. No fue posible obtener opiniones más recientes y más auténticas, ni conseguir mejores fuentes.

Al describir a estos hombres pálidos y tristes que se encuentran en el istmo de Darien, hemos proporcionado todas las luces necesarias para inquirir el origen de los negros blancos[12] y resolver al fin, a fuerza de investigaciones, este gran problema que hasta el día de hoy había dividido a los naturalistas, menos ocupados en instruirse con los hechos y examinando la naturaleza que en imaginar hipótesis ingeniosas que se ven refutadas a cada instante por la misma naturaleza y por los hechos. El genio nada podía hacer sobre esta cuestión, pues todo dependía del conocimiento exacto del objeto; si aquellos hubieran reunido más evidencias antes de hablar, esto es, si hubieran presentado observaciones decisivas para fundar sus sentimientos, entonces no hubieran razonado tanto tiempo ni de manera tan sutil – lo que prueba que casi siempre estamos titubeando, que nos equivocamos y que estamos rodeados de errores –. Heredamos este método de los siglos ignorantes donde abundaban los argumentos pero escaseaban las demostraciones; habíamos sepultado las ciencias bajo tantos delirios científicos que no debimos esperarnos verlas despertar tan pronto de una noche a la que la luz parecía no poder penetrar.

Hemos reducido en un compendio todo lo verdadero, verosímil, falso o ridículo que se ha escrito acerca de los patagones desde 1520 hasta 1767. Se ha pretendido que esta gente no muy numerosa pero sí miserable, que vaga por las arenas de Magallanes, conformaba un pueblo de gigantes que tenían una altura de diez pies. Dicen: “muchos viajeros los han visto”, y en seguida preguntan qué podemos objetar contra el testimonio de sus ojos: nada, sólo que el amor por las maravillas deslumbran hasta a los observadores más prevenidos, y que el amor propio les hace defender con firmeza sus ilusiones. Si la imaginación no hubiera seducido tantas veces la vista, la suma de nuestros conocimientos seria infinitamente más grande – o la de nuestros errores más pequeña–.

Desde el viaje del exagerador Pigafetta[13], quien al principió creyó ver salvajes de estatura colosal al sur de América, han pasado 247 años que todos hemos aprovechado para contradecirnos con ahínco. En 1599, Sebald de Weert llevó a Holanda a una niña patagona que no llegó a medir más de cuatro pies y medio al alcanzar su madurez; aquellos que se resistían a las pruebas también debieron llevar algunos gigantes a Europa para dejar de discutir, o al menos debieron acarrear los esqueletos u osamentas de estos prodigios hombres (pero bien podemos imaginarnos por qué no lo hicieron). Turner fue el único que se atrevió a mostrar en Londres el fémur de un patagón, pero desde que se le probó que el hueso pertenecía en realidad a un toro de Brasil, y desde que el señor Hans Sloane publicó su Gigantología[14], ningún charlatán ha osado reaparecer con supuestos vestigios de gigantes – que ya se empleaban para engañar a los romanos en los tiempos de Augusto, como reconoce Suetonio al hablar de los esqueletos que el emperador conservaba en su despacho[15]–.

Los artículos de esta obra que tratan el temperamento y el genio de los americanos, los antropófagos, los hermafroditas, la circuncisión y la infibulación, están compuestos de varios pedazos que hemos intentado hacer interesantes. En tanto que las supersticiones religiosas de los pueblos de América han tenido una sensible relación con aquellas practicadas por las naciones del viejo continente, hemos hablado de estas bobadas con el único fin de someterlas a comparación y demostrar que, sin importar la diversidad de climas, la estupidez del espíritu humano ha permanecido constante e inmutable[16]. Ahora sólo tengo una palabra más que decir sobre las notas esparcidas en mi obra: si me hubiera percatado demasiado tarde de que no siempre son instructivas y que sólo ocupan espacio en vano, las habrúa suprimido sin dudarlo un segundo y se me aplaudiría por este sacrificio; pero como en una diversidad tan grande de temas importantes fue necesario comentarnos a nosotros mismos de vez en cuando, resulta que las notas encierran el mismo interés que el cuerpo del texto, por lo que si las quitáramos ellas solas formarían una recopilación que no sería trivial en absoluto.

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Fuente: Pauw, Cornelius de. Recherches philosophiques sur les Américains, ou mémoires intéressants pour servir à l’histoire de l’espece humaine. Par Mr. de P***. Avec une dissertation sur L’Amérique & les Américains, par Dom Pernety. Studio disposta fideli. Lucrece. Tome Second. Vol. Volume 1. A Londres,  M.DCC.LXXI. [1771]. Eighteenth Century Collections Online. Gale. UNAM – ECCO. 21 Jan. 2016

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NOTAS

[1] Para un estudio más detallado de este nuevo espíritu apologético y su influencia en el movimiento independentista mexicano, véase el capítulo V de El proceso ideológico de la revolución de Independencia de Luis Villoro.

[2] Voltaire escribió algo similar: “Es éste, sin duda, el mayor acontecimiento de nuestro mundo, donde una mitad había sido ignorada siempre por la otra. Todo lo que hasta ahora creíamos enorme parece desaparecer frente a esta especie de “nueva” creación. Todavía pronunciamos con respetuosa admiración los nombres de los Argonautas aunque hicieron cien veces menos que los marinos de Gama y de Albuquerque: ¡cuántos altares no hubieran sido erigidos en la antigüedad para el griego que hubiese descubierto América!” (Œuvres Complètes de Voltaire, “De Colombe et de l’Amérique” en Essai sur les mœurs et l’esprit des nations, Volumen 3, París: Antoine-Augustin Renouard, 1819, cap. CXLV, p. 282).

[3]Aquí, Cornelius de Paw parece referirse a la epidemia de sífilis que atacó a Europa durante los siglos XV y XVI y que, según varias opiniones – como la de Voltaire (Loc. Cit.) y la de Gonzalo Fernández de Oviedo (V. infra, nota 7)-, fue llevada desde América al Viejo Continente por la flota de Cristóbal Colón. Francisco López de Gómara comparte este punto de vista argumentando que, como el tratamiento para esta enfermedad provenía de América  –el árbol de guayacán–, era muy probable que también allí tuviera su origen (Historia general de las Indias, capitulo XXIX). Francisco Xavier Clavigero dedicó su “Novena disertación” a esta discusión, famosa en los anales de la medicina debido a la fuerte xenofobia con la que se desarrolló. El mismo subtítulo de la disertación de Clavigero es un claro ejemplo de ello – “Origen del mal francés”–, pero es más significativo el pasaje ya indicado de López de Gómara, pues allí se relata que los franceses la llamaban “mal napolitano”, mientras que los italianos culpaban a aquéllos de haberlos contagiado y por tanto la llamaban “mal francés”, al igual que Clavigero. López de Gómara menciona que otros eruditos la conocían como “sarna española”, y él mismo la llama en algún lugar “mal de las Indias”.

[4] Tierras Australes y Antárticas francesas (TAAF) es el nombre de un territorio francés de ultramar, creado oficialmente en 1955 y compuesto por cinco distritos: los tres territorios australes históricos – el archipiélago Krozet, el archipiélago Kerguelen  (ambos descubiertos en el siglo XVIII), y el par de islas Saint-Paul y Ámsterdam, descubiertas durante el siglo XVI- más las Islas Dispersas y Tierra Adélie.

[5] El grado Réaumur (°R) es una unidad termométrica ideada por el científico francés René-Antoine Ferchault de Réaumur que actualmente está en desuso, pero que fue muy popular en Francia antes de la adopción de los grados Celsius. El punto de ebullición del agua son los 80° R, mientras que el de su fusión es 0° R. El termómetro de este científico también se basa en la dilatación térmica, pero a diferencia del usual de mercurio, su bulbo contiene etanol.

[6] La isla de Tasmania se llamó de esta manera hasta el siglo XIX. Se le puso ese nombre en honor de Anthony van Diemen, quien fue Gobernador general de las Indias Orientales Neerlandesas entre 1636 y 1645.

[7] Se refiere a Gonzalo Fernández de Oviedo, escritor y colono español que, como Ginés de Sepúlveda, sostuvo un prolongado debate intelectual contra Bartolomé de las Casas acerca del “problema” del indio y la legitimidad de la conquista de América. Fernández de Oviedo escribió una famosa novela de caballerías, Don Claribalte, y el Sumario de la natural historia de las Indias, una obra dedicada a Carlos I de España donde trata de la flora y la fauna americanas. Este sumario sirvió como un avance del libro más importante de su carrera, Historia general y natural de las Indias.

[8] Esta obra de 1702, mejor conocida como Cartas edificantes y curiosas, es una gran antología de misivas que varios misioneros jesuitas de los siglos XVI y XVII enviaron a Europa, en las que relataban su experiencia evangelizadora en China, América, la India y demás territorios alejados de Europa. Por su carácter “exótico”, las Cartas fueron un éxito editorial de la época y tuvieron una amplia influencia durante el siglo XVIII: por ejemplo, el jesuita francés Jean-Baptiste Du Halde, quien se encargó de la primera edición de este libro, escribió su obra más conocida, Descripción del imperio chino, sin haber visitado jamás aquel territorio asiático, basándose únicamente en los testimonios de las Cartas edificantes y curiosas -una osadía muy común en la época, como se puede adivinar-.

[9] En la “Quinta disertación”, F. J. Clavigero debate esta opinión (Cf. óp. cit., pp. 503-524).

[10] La línea ecuatorial.

[11] En 1765, David Cranz, un misionero de la Hermandad de Moravia, publicó su Historia de Groenlandia en alemán (Cf. Boucher de la Richarderie, Bibliothèque universelle des voyages, Volumen I, París: Treuttel et Würtz, rue de Lille, 1808, p. 388).

[12] Se les llama así a los mestizos que presentan casi todos los rasgos étnicos asociados tradicionalmente a los negros, como los labios anchos y el cabello crispado, salvo – paradójicamente – el color de la piel (Cf. Paul Atgier, “Un négre blanc. Etude d’albinisme comparé dans la race noire et la race blanche”, en Bulletins et Mémoires de la Société d’anthropologie de Paris, VI° Série. Volumen 1, 1910, p. 451).

[13] “Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en su primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que, sin embargo, parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho. […] Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen” (Gabriel García Márquez, “La soledad de América Latina”, en Yo no vengo a decir un discurso, México: Random House Mondadori, 2010, p. 21).

[14] Hans Sloane fue un médico y botánico irlandés, famoso ante todo por haber dado origen a los acervos de la Biblioteca y el Museo Británicos y del Museo de Historia Natural de Londres con su gran colección botánica personal. Siendo miembro de la Royal Society, en 1728 publicó un artículo en las Philosophical Transations de la R. S. donde criticó varios estudios de su tiempo que pretendían demostrar la existencia de los gigantes presentando los restos óseos de algunos elefantes, mamuts y ballenas (Jan Bondeson, A cabinet of medical curiosities, Londres: I. B. Tauris, 1997, pp. 85-88). Para leer la opinión de F. J. Clavigero sobre este asunto, véase, “Primera disertación”, en óp. cit., nota 1, p. 424.

[15] Suetonio, Vida de los doce Césares, Aug. 72, 3.

[16] Aunque Clavigero también creía que tanto las religiones americanas como las de los antiguos europeos fueron el fruto de sus respectivos delirios, intentó demostrar que, en definitiva, “la religión de los mexicanos fue menos supersticiosa, menos indecente, menos pueril y menos irracional que las de las más cultas naciones de la antigua Europa” (F. C. Clavigero, “Octava disertación”, óp. cit., p. 571).

 

Escrito por:paginasalmon

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