En algún momento del siglo XVII, el hombre, la vida, el universo, fueron considerados mecanismos perfectos cuyo funcionamiento podía ser emulado a través del trabajo sobre la materia. El reloj como representación del devenir cósmico, el autómata, ente “semivivo” que no requeriría de la voluntad humana para existir, la mezcla de motivos naturales y vivientes…
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