1. Ese día, antes de que el arroz se batiera, el teléfono en casa de los Salinas sonó. —¿Bueno? —dijo Catalina. —Buenas tardes. Con el licenciado Gustavo Salinas, por favor —contestó la voz del otro lado. —No está ahorita, ¿quién le llama? —¿Usted es familiar del señor Salinas? — Sí, es mi esposo. — Ah…
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